“Un amor casi eterno”, de Kelltom McIntire

Un amor casi eterno, por Kelltom McIntire [José León Domínguez Martínez]; ilustración de la cubierta, Luis Almazán. Barcelona: Editorial Bruguera, octubre 1984. Colección: Héroes del Espacio; nº 217.

Materias: hibernación – civilizaciones extraterrestres

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Kelltom McIntire, el seudónimo más habitual de José León Domínguez Martínez (1937-2009), es un escritor que, por lo general, no suele ser citado entre los grandes autores de bolsilibros, al lado de Curtis Garland, Lou Carrigan o Silver Kane, por ejemplo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que merece figurar en esa nómina de escogidos entre lo más selecto de los escritores de literatura popular española. Su estilo literario es más trabajado de la norma -al igual que el de los citados-, compone historias interesantes y les otorga una impronta un tanto diferente que lo aleja de las composiciones más convencionales.

Un amor casi eterno es un buen ejemplo de lo que refiero. Publicada en 1984 dentro de la colección de ciencia ficción “Héroes del Espacio”, se trata de una obra totalmente atípica. Lo primero que hay que decir es que, tal como lo presagia el título, se trata, ante todo, de una historia de amor. Casi ha de leerse la mitad de la novela hasta que, al fin, comienzan a aparecer elementos de ciencia ficción. Hasta entonces, es un drama humano: un millonario se encuentra ante la atroz circunstancia de que su amada esposa se está muriendo de una rara enfermedad, y con todo su dinero nada puede hacer. En esa situación, se nos cuentan sus cuitas mientras el proceso se hace irreversible.

Lo que en otro escritor podría suponer relleno para alcanzar la extensión requerida, por parte de McIntire es un retrato psicológico de un hombre desesperado, que busca por todos los medios que lo irreversible no se produzca. Sintomática es su charla con su chófer, Boy, que no vuelve a aparecer en el resto de la historia, y que representa el intento de una persona de comunicar su desesperación a otra.

En esa circunstancia, el protagonista decide criogenizar a su esposa, una vez muerta, para luego ser despertada cuando esa enfermedad incurable puede ser ya curada. Aquí se produce uno de tantos errores que suelen aplicarse a la temática de la criogenización. Puede que llegue un tiempo futuro en el cual existan sistemas de devolver la vida a una persona que haya sido sometida a ese proceso, pero lo que no se puede hacer es resucitar a una persona ya muerta. El proceso de criogenización debiera producirse cuando el individuo está aún con vida. Pero es un error muy extendido, que se produce infinidad de veces, tanto en literatura como en cine o en la vida cotidiana.

Prosigamos con la novela, pues. Nuestro héroe no solo procede a ello con su esposa, sino que se somete igualmente a ese proceso, una vez muerto él mismo. Así, ambos podrán “resucitar” en un futuro lejano unidos para siempre. A partir de ahí, los elementos de ciencia ficción van surgiendo, y tampoco me iré extendiendo demasiado sobre ello, para que el futuro lector se enfrente “virgen” a todo ello. Solo referir que la trama es sencilla, directa, bonita, y que semeja más una novela de anticipación escrita veinte años atrás, lo cual es referenciado no de un modo peyorativo, sino en el aspecto de recreación literaria que se daba en aquellos tiempos. Es también esta parte la más convencional, no por ello desdeñable, y que a partir de ese instante se convierte en una novela de aventuras muy entretenida.

Volveremos sobre Kelltom McIntire, no lo dudéis.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Túnel en el Sistema Solar”, de Clark Carrados

Túnel en el Sistema Solar; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; ilustración de la portada, Antonio Bernal. Barcelona: Ed. Ceres, marzo 1981. Colección: Héroes del Espacio; nº 48.

  • Materias: agujeros negros – megalómanos.

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Un asteroide esta ocupado por dos hombres que lo están horadando en busca de oro. Ese es el atractivo arranque de esta novela, que presenta a unos protagonistas atípicos y un tono algo diferente al de los bolsilibros, que presagia un tono menos estereotipado. Lamentablemente, todo se precipita en cuanto cambia de escenario y aparece “la chica”, y el tono superficial característico de la literatura de Clark Carrados hace aparición. La chica, por cierto, es una agente secreta del gobierno terráqueo, infiltrada entre malvados, pero su comportamiento parece más propio de la típica ingenua de comedia norteamericana de los cuarenta o cincuenta, digamos al estilo de Judy Holliday.

Pese a ello, no es esto de lo peor de Carrados y, una vez te acostumbras y aceptas las convenciones, es incluso disfrutable. Escrita en 1981, el tono, sin embargo, es más propio de la literatura pulp norteamericana de los años cuarenta y, aceptada desde esa perspectiva, es bastante aceptable.

Todo varía de tono cuando el asteroide en el cual se hallan nuestros dos héroes y la chica es absorbido por un agujero espacial, que los traslada a otra parte del universo, y una vez allí llegan a un planeta habitable, pero regido por un dictador al estilo Ming procedente de la Tierra, y que desapareció cinco años atrás. A partir de ahí, el lector puede adivinar sin error lo que acontecerá, y todo ello se desarrolla de un modo formulario. Sin embargo, los personajes resultan, en cierto sentido, atractivos, y se siente interés por lo que acontezca con ellos, pese a que el desarrollo psicológico, como es norma, resulta nulo.

A destacar cómo el megalómano, líder de una secta religiosa en la Tierra, crea una dictadura benévola, donde los esclavos trabajan sin esforzarse mucho, y la comida es de lo más opípara y suculenta. Sin embargo, de vez en cuando se lleva a alguna chica a sus aposentos, y a los disidentes los liquida por medio de un soplete de napalm.

Entretenimiento menor pero simpático. Se deja leer.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Cámara de los horrores”, de Curtis Garland

Cámara de los horrores; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Manfred Sommer. Barcelona: Ed. Bruguera, 1973. Colección: Selección Terror; nº 20.

  • Materias: crímenes – horror victoriano – brujería – automatismo.

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Curtis Garland gustaba inspirarse en los mitos clásicos del terror, haciendo uso para ello de las creaciones literarias y cinematográficas. En esta ocasión, su fuente de inspiración, por encima de todas, es la película Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), de André De Toth, aunque por debajo el buen aficionado detectará otras influencias, igualmente notables.

Así pues, aquí tenemos una serie de crímenes perpetrados alrededor de un museo de cera, cuyo propietario, un francés -sin duda, en alusión al célebre y auténtico museo de cera de Madame Tussaud-, ejecuta excelsas figuras. Tenemos un reparto coral, así, amén del referido, tiene un socio, una modelo que posa para él, y prometida al socio, un inspector de policía, que investiga el caso, y el héroe de la novela, un periodista amigo tanto del detective como del socio. Es curioso cómo Garland, en este tipo de historias, siempre hacía aparecer a la policía, pero no la convertía en protagonista, sino que siempre había un detective aficionado, en general periodista, que hacía frente a todo.

Como siempre en Garland, la creación de atmósferas es algo muy importante para él. Tanto, en este caso, que descuida algo en lo que suele ser un maestro, la ambientación, de tal manera que la novela se halla salpicada de fallos anacrónicos. La historia se ambienta en 1890; sin embargo, hace alusión a personajes que no son de esa época: Drácula no se publicó hasta 1897; entre las figuras están también Frankenstein y el hombre lobo luchando, cuando esa iconografía no se establecería hasta 1943 con la película de la Universal dirigida por Roy William Neill; también tenemos una momia llena de vendajes y resucitada, elemento inherente al film de 1932 de Karl Freund; de igual modo se menciona al célebre asesino de viudas Landrú, que no actuó hasta la Primera Guerra Mundial; y el héroe hace uso de la palabra “robot”, que no nació hasta 1921, en que el escritor Karel Capek la empleó en su obra R.U.R. con las connotaciones aquí empleadas. Da la impresión de que Garland se olvidara, por momentos, la época en la cual había ambientado la narración.

Realmente, tampoco eso tiene mucha importancia. Lo que importa aquí, como se dice, es la atmósfera, el ambiente, el tono que se consigue. Como siempre, los personajes resultan atractivos y están bien perfilados, y los diálogos estén en especial bien desarrollados, transmitiendo credibilidad. Esta novela es de las primeras de la colección (el nº 20); más adelante, Gallardo Muñoz volvería a emplear premisas similares en otras de sus novelas. Casualmente, algunas de esas novelas posteriores ya las he leído -sus reseñas están ya publicadas en este blog, reto, pues, al lector a ver si las puede localizar sin pista alguna-, por lo cual la resolución del misterio se hace fácil para el lector si conoce esas otras obras. Otro mal menor, y que en realidad podría achacarse a las posteriores, no a la presente.

Tenemos, pues, una atractiva novela de misterio, fantasía y horror, que mezcla distintas temáticas con habilidad, dando lugar a otra de las consistentes narraciones que Gallardo Muñoz desarrolló para esta mítica colección.

Carlos Díaz Maroto

“Fuente de vida y muerte”, de Glenn Parrish

Fuente de vida y muerte; por Glenn Parrish [Luis García Lecha]; autor de la ilustración de portada: Alberto Pujolar. Barcelona: Editorial Bruguera, julio 1975. Colección: La Conquista del Espacio; nº 258.

  • Materias: Viajes espaciales – Planetas hostiles – Aventuras – Conspiraciones.

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Entretenida narración donde un cosmonauta viaja, para cumplir una condena, a un planeta en busca de una sustancia asombrosa, “Tridium”, pero, una vez conseguida, significará su propia muerte por el alto poder radioactivo. En su peregrinar por el planeta Swótari, nuestro héroe, Egon Durrell, en compañía de la nativa Issya comprenderá que ha sido víctima de una traición. Y, como es natural, tratará de remedirlo.

A destacar la primera parte de la novela, ambientada en la zona polar del planeta, en la que los protagonistas –sin evolución psicológica, como es la costumbre en el autor, y por la reducida extensión del argumento– deberán atravesar, subidos en un amplio trineo, lo que creen un mar congelado, pero lentamente se va convirtiendo en un inmenso río.

También es preciso mencionar la colorista descripción –y lo que allí sucede– de un interminable bosque plagado de enormes plantas carnívoras que los dos héroes han de atravesar hasta descubrir la ubicación de ese prodigioso mineral, “Tridium”, capaz de otorgar la vida y la muerte a los que lo alcanzan.

Por otro lado, la trama es muy vistosa y amena, con una magnífica –ya lo he insinuado– variedad geográfica: hielos perpetuos, bosques tenebrosos, ríos inconmensurables… Pero también ciudades y otros ambientes urbanos futuristas.

La novela contiene todos los ingredientes usuales del autor cuando firma como Glenn Parrish: ritmo pausado, mezcla, casi sin transición, de géneros, exotismo, variedad de espacios narrativos, componentes irracionales y hasta absurdos… Y es curioso; cuando Luis García Lecha firma como Clark Carrados –ya lo he mencionado en alguna otra ocasión– suele escribir tramas con ritmo también pausado, pero con contenidos más racionales, más específicos de ciencia ficción, y con –como es natural– menos elementos de fantasía.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 3.

Luis Ángel Lobato

“Un cadáver a medida”, de Charles Mitchell

Un cadáver a medida; por Charles Mitchell [Carlos Miguel Martínez]. Barcelona, Buenos Aires: Editorial Bruguera, 1954. Colección: Servicio Secreto; nº 221.

  • Reedición: Barcelona: Bruguera, 1962. Colección: Selecciones Servicio secreto; nº 14.

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En los años cincuenta, Charles Mitchell -esto es, Carlos Miguel Martínez (1925-2017)- escribió un puñado de novelas policiales con destino a los bolsilibros que, por aquel entonces, ya publicaba Editorial Bruguera. Acceder a obras de esta época es muy difícil, tanto propias de este autor y de otros, por lo cual el presente análisis queda circunscrito a valorar este título por sí mismo, sin tener opción de lograr crear una perspectiva comparativa con el resto de publicaciones que se hicieron por aquel entonces.

Eso sí, comparado con bolsilibros posteriores se percibe un tono muy diferente, no sé si por obra del propio Carlos, y persiste la duda de si el nivel de la época era similar a la de Un cadáver a la medida.

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Lo primero que viene a la cabeza, una vez se comienza la lectura de esta novela, son las películas de cine negro de la Warner. Charles Mitchell también era un consumado cinéfilo, en especial del cine clásico, y no me cabe la menor duda de sus preferencias en ese sentido. Que el personaje principal sea un camionero, y que en un parada de carretera sea abordado por la característica fémme fatale del cine noir, hace que de inmediato se rememore una joya del género como es La pasión ciega (They Drive By Night, 1940), de Raoul Walsh, que arranca exactamente igual y, una vez asumes eso, no es difícil imaginarse al protagonista en los rasgos de Humphrey Bogart.

A partir de ahí, el apellidado Kane se vez mezclado en una turbia historia donde lo secuestran, golpean y su compañero de viaje, que en teoría quedó a la espera, borracho, en una población anterior, aparece muerto en el compartimento de carga. El personaje comenzará una huida de la policía para demostrar su inocencia y descubrir el motivo de todo lo que acontece. Es sorprendente hallarse, en una obra de esas fechas, una explícita relación homosexual entre el jefe de la banda -un tipo seboso y sudoroso, al estilo de Victor Buono-, que tiene como amante al más jovencito y delicado de sus acólitos. Pese a que, por supuesto, no se dice nada en ese sentido, la relación entre ambos queda más que evidente.

Amén de esto tenemos violencia, diálogos secos e ingeniosos, muertes, palizas y huidas. El resultado es una trama que, literariamente, podría considerarse como una mezcla entre Dashiell Hammett y Fredric Brown. El nivel es bastante superior al de la media posterior de los bolsilibros, pero, sobre todo, el portentoso final da un giro sorprendente absolutamente inédito en este tipo de literatura.

Una joya absoluta, que debiera reeditarse, y que tampoco chirriaría que apareciera en una colección como la de RBA.

Carlos Díaz Maroto

 

 

En la muerte de Charles Mitchell

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Este aciago lunes, 13 de febrero de 2017, amanece con la triste noticia de la muerte de Charles Mitchell. Charles Mitchell, o también Carlos Miguel Martínez, nacido en Madrid en 1925. Fotógrafo de profesión, y aventurero de vocación, durante una etapa de su vida también se dedicó a la escritura de bolsilibros. Un puñado, nueve en total, publicado por Editorial Bruguera, entre la década de los cincuenta y principios de la de los sesenta, y después, por desgracia para los aficionados a la lectura de este tipo de obras, desapareció del panorama. Según me contó personalmente, en uno de sus viajes descubrió en Portugal una de sus novelas, traducida, y de la que no tenía noticia. Así pues, cortó por lo sano y ya no publicó más.

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El autor, junto al estudioso David Panadero

Era un gran aficionado al noir más visceral, enérgico. Sus novelas son impactantes, directas, con personajes estupendamente descritos. Alguien comentó, y sin exagerar, que podría haber sido publicado al lado de los maestros estadounidenses del género.

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Pese a haber abandonado la publicación, en realidad nunca dejó de escribir, y ha dejado a la posteridad algunas obras inéditas. Pude leer una de ellas, sobre un psicópata francotirador, que me pareció excelente. Un personaje descrito con energía, que encuentra un alma gemela para llevar a cabo su enfermiza labor. Era una historia de intriga, pero también un perturbador retrato de unos personajes arrostrados por la fatalidad y la desesperación.

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Un hombre cordial, intenso y amante de narrar su trepidante vida, siempre lo recordaremos. Descansa en paz, amigo. Hasta siempre, Carlos.

“El acuario”, de Ralph Barby

El acuario; por Ralph Barby [Rafael Barberán Domínguez]; autor de la ilustración: Salvador Fabá. Barcelona: Editorial Bruguera, 1975. Colección: La Conquista del Espacio; nº 248.

  • Materias: Mundos colonizados – Sistemas totalitarios – Supervivencia – Telepatía – Seres alienígenas.

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Una magnífica narración, plena de tensión, con una prosa enérgica y un ritmo desbordante es lo que nos ofrece el maestro Ralph Barby en este relato donde, a través de una serie de aventuras espaciales, se logra una clara crítica a los sistemas totalitarios (en este caso de corte militar y fascista), donde un jefe supremo –el tiránico mariscal Cinabrius– somete, con la ayuda de sus poderes telepáticos y sus atroces guardianes, a los terrestres, que ya han colonizado los planetas Mercurio, Venus, Marte y los satélites de Júpiter.

El mayor Flack Faraday y diecinueve compañeros son acusados de alta traición al sistema político imperante y condenados a veinte años de prisión, en régimen de trabajos forzados, en el temible complejo minero del mayor satélite de Júpiter y del Sistema Solar, Ganímedes.

Pero tras realizar una fuga, nuestro héroe, Faraday, comprobará una terrible realidad: Cinabrius, que habita en Ganímedes, es un horrible ser acuático alienígena (uno de los más curiosos entes extraterrestres de la ciencia ficción española, creado magistralmente por Barby) con inmensas fuerzas mentales capaces de someter a toda la Humanidad. Pero habrá que leer esta novela para poder disfrutar de todas sus vicisitudes argumentales.

Nos encontramos, pues, ante una obra que no nos deja, gracias a su intriga, descanso, con descripciones muy naturalistas, de factura cinematográfica (en algún momento parece que la maravillosa Atmósfera cero se inspirase en ciertos ámbitos narrativos de El acuario), escrita con inteligencia y destinada a lectores inteligentes.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 4.

Luis Ángel Lobato