“La hija del vampiro”, de Silver Kane

  • La hija del vampiro; por Silver Kane [Francisco González Ledesma]; ilustración de la cubierta, Antonio Bernal. Barcelona: Bruguera, 1968. Colección: Punto Rojo; nº 337.
  • Reedición: La hija del vampiro. Barcelona: Victoria González Torralba, Editor, 2009. Colección: Terror; s/n.
  • Géneros: intriga – terror.
  • Materias: psycho-killer.

PR_337_La hija del vampiro[Silver_Kane][1968]

Francisco González Ledesma, uséase, Silver Kane, es uno de los más reputados autores de bolsilibros debido a la circunstancia de haber sido el que más alto ha ascendido. González Ledesma nació en 1927, y Silver Kane nació en 1952. Con ese seudónimo, y con otros, publicó cerca de mil bolsilibros. Con su nombre real se presentó en 1984 al premio Planeta con la novela Crónica sentimental en rojo, ganándolo.

Como Silver Kane publicó gran cantidad de novelas del oeste, pero también fue activo en el género policial, aquel por el cual más tarde lograría prestigio. Y no olvidemos que el número 1 de la colección Selección Terror de Bruguera es una novela escrita por él. Aquí, Ledesma, o mejor dicho, Kane, fusiona el terror con el policial dentro de la peculiar colección Punto Rojo, que solía alternar las novelas policíacas con el suspense, el misterio y la intriga. Tenemos aquí las clásicas constantes de la literatura gótica, con muchacha asustadiza (mucho) que, en una terrible noche de tormenta, va a parar a un caserón lóbrego, donde nada más abrir la puerta se topa con un cadáver. También circula por allí un forastero misterioso con gabardina, que aparece y desaparece, y todo un equipo de cine, que está rodando una película de terror titulada La hija del vampiro, y que tiene la peculiaridad de que, cuando se retrasa, ha de pagar dinero al productor. Ah, y el policía escéptico ante lo que la muchacha le cuenta. Y un vecino del pueblo cercano salidorro. Y…

En realidad, nada tiene mucha coherencia, y es el clásico ejemplo de bolsilibro escrito de manera precipitada y sin prestar demasiada atención a la trama. De ese modo, son bastantes los instantes en que se narra algo y, pocas páginas después, otra situación contradice a la previa. Algunas carecen de trascendencia, como que la chica aparque el coche en una zona libre de barro y, poco después, se refiere que el vehículo está hundiéndose en el fango. Pero hay otros momentos cruciales, como uno que se refiere al asesino y su método de matar, que un descuido del autor supone un engaño manifiesto a la explicación final.

Es una lástima, porque en cuestión de atmósfera la novela tiene fuerza. Si hicieran una película de ella, el estilo y la estética ideales serían los de Mario Bava y su joya Seis mujeres para el asesino. Pero la trama descuidada, las contradicciones y los tiempos muertos terminan por hacer naufragar una novelita que podría haber deparado una grata diversión.

Carlos Díaz Maroto

 

 

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