“Sangre bajo la luna”, de Lem Ryan

Sangre bajo la luna, por Lem Ryan [Francisco Javier Miguel Gómez]; ilustración de cubierta, Lozano. Editorial Bruguera: Barcelona, 1984. Colección: Selección Terror; n.º 587.

Materias: licantropía – literatura noir

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Con una extrema juventud, solo diecisiete años, Lem Ryan fue la última incorporación al plantel de profesionales de la pluma que alimentaban la factoría de bolsilibros de la Editorial Bruguera. Al contrario que muchos escritores de generaciones anteriores, que saltaban de género según las necesidades del mercado y se lanzaban a redactar aventuras espaciales sin haber leído de ciencia ficción otra cosa que un puñado de novelas de Verne o visto más películas que el puñado de producciones de serie B que llegaban a nuestras pantallas, Lem Ryan tenía una marcada predilección por el fantástico —Ángel Torres Quesada (A. Thorkent) sería otro ejemplo de autor vocacional—. Incluso, cuando requerimientos editoriales le impusieron pergeñar una narración del oeste, supo apañárselas para convertirla en una historia de vampiros. Había crecido con filmes del género que se convirtieron en éxitos de taquilla en la década de los setenta y primeros años ochenta, y había devorado cuanta literatura fantástica cayó en sus manos, poblando sus futuras historias de referentes —Lovecraft y Robert E. Howard son palmarios en muchos de sus títulos— de los que carecían algunos de sus colegas.

 Sangre bajo la luna fue su única contribución a la colección Selección Terror, aunque elementos sobrenaturales podemos encontrar en otras de sus novelas escritas para Héroes del Espacio, en clave de fantasía heroica, y fusionó horror y ciencia ficción en diversos títulos de esa misma cabecera. Nos encontramos aquí con un ex policía convertido en detective privado, Roerich —¿Homenaje el pintor citado por Lovecraft en En las montañas de la locura?—, que sigue los cánones establecidos en la ficción con sus problemas económicos, un pasado de conflictos con sus superiores, durmiendo en un despacho atestado y enamorando a una despampanante secretaria, entre otras beldades. Un obeso millonario, Ashton —¿Por Clark Ashton Smith?—, le encarga la búsqueda de su hija desaparecida —¿Chinatown?—. Paralelamente, un lobo está convirtiendo los oscuros callejones de Nueva York en un matadero, durante incursiones nocturnas cuya verdadera naturaleza las autoridades se esfuerzan por ocultar.

Como puede imaginarse, estamos ante una novela sobre el tema de la licantropía, cuando todavía estaban muy recientes en la memoria tres títulos referenciales que reinterpretaban el mito bajo una óptica moderna: Lobos humanos, Aullidos y Un hombre lobo americano en Londres, todas ellas de 1981. El licántropo de Lem Ryan está lejos del antropoide piloso fijado en las películas clásicas de la Universal. De un modo más acorde con las leyendas, con Lobos humanos y con las pocas manifestaciones literarias, estamos ante un humano que adopta forma animal, más inteligente, feroz e implacable sin dejar de ser un cánido, y que ya no es el alma solitaria condenada por un maldición, sino orgullosa de su naturaleza y parte de una manada que actúa en conjunto.

Con una prosa sobrecargada de adjetivos, algo frecuente en los escritores debutantes, se esfuerza por crear atmósfera, intento que en bastantes momentos consigue, pese algunos excesos, entendiendo muy bien que el escalofrío no depende tanto del qué se cuenta sino del cómo se cuenta, que envolver al lector en un clima adecuado es fundamental para la eficacia de la narración fantástica. La trama, aunque acaba por desembocar en cauces previsibles, se sigue con interés e incluso intriga, alejando al lector de un consumo rutinario. Merece subrayar su final desesperanzado, nada común en un tipo de literatura proclive a los happy ends. Acaso llama la atención puntualmente un cierto tono conservador, más fácil de observar en escritores de la vieja guardia. En un autor tan joven parece extraño leer frases como la siguiente, describiendo a unos moteros que acabarán masacrados: «No formaban parte de esa juventud envidiable que busca la sana diversión y la alegría de vivir pese a las adversidades, sino más bien la escoria en que se ceban los males de una sociedad corrompida, el lado oscuro de un espejo que siempre tenemos delante». Por lo que nos cuenta la novela, no han cometido mayor pecado que practicar el amor libre y consumir drogas. Supondremos, entonces, otras maldades fuera de escena o el influjo de directrices editoriales, porque si esto lo hubiera redactado un escritor en los días de gloria de José María Pemán habría sonado más acorde.

De cualquier modo, son breves notas disonantes en una composición bastante acertada, que podría haberse mejorado sin la aceleración narrativa obligatoria en el formato. Se echa en falta, por ejemplo, un mayor desarrollo en algunas situaciones, como la entrevista entre el millonario y el detective al inicio, o algunas escenas de transición que convirtieran en menos fortuitos o caprichosos ciertos acontecimientos. Noventa páginas de pequeño tamaño imponen tiranías; pero tal concisión también forma parte del encanto del bolsilibro.

Fue una lástima que la debacle de la Editorial Bruguera, arrastrando consigo al mercado de la novela para el quiosco, cercenase demasiado pronto una carrera que se adivinaba prometedora. Se trataba de un autor de talento, con personalidad propia e identificable, lleno de ambición y deseos de hacer bien su trabajo, que podría haber llegado a producir muchos títulos memorables. Algunos de los publicados ya lo son, de hecho, al arrancarse de los moldes más frecuentes y atreverse a explorar caminos diferentes a los que otros escritores de la casa frecuentaban. Más de veinte años tardaría Lem Ryan en regresar a las letras; pero estaba ya en un mundo editorial muy diferente y su obra habría de sufrir una inevitable transformación.

Armando Boix

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