“Cofradía de asesinos”, de A. Thorkent

Cofradía de asesinos, por A. Thorkent [Ángel Torres Quesada]; ilustración de cubierta, Miguel García. Barcelona: Ediciones Ceres, septiembre 1982. Colección: Héroes del Espacio; nº 128.

Títulos de la serie Cofrade:

  • Cofradía de asesinos.
  • Enemigo de la Cofradía. Bruguera, sept. 1983; Héroes del Espacio; 176.
  • El hacedor de mundos. Fórum, ene. 1985; Galaxia 2000; 7.
  • La dama de plata. Júcar, jul. 1991; Etiqueta Futura; 23.
  • Mundo de leyendas. Alfa Erídani, 2010; Erídano; 8.

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Nada más publicarse, en 1991, leí la novela La dama de plata, que Ángel Torres Quesada nos ofreció en la colección Etiqueta Futura, de Ediciones Júcar. Quedé más que satisfecho, porque me pareció una de las novelas de estructura más compleja que el autor gaditano había escrito hasta aquel momento, sin perder por eso su frescura narrativa. No sabía entonces que en realidad era la prolongación de una breve serie compuesta por otros tres títulos, publicados en el formato de bolsilibros con su seudónimo más habitual. El primero de ellos, Cofradía de asesinos, había aparecido nueve años antes.

Cuando se dispone a pasar un rato relajante en un Módulo Psíquico, el Inspector Mayor Joron Yukai recibe una llamada de su áspero subordinado para informarle que Alone Starsilver ha desembarcado en la Tierra. ¿Quién es este personaje que pone en guardia al inspector de inmediato? Nada menos que el mejor agente de la Cofradía, una enigmática organización que ofrece sus servicios para la ejecución de asesinatos. Legal en muchos planetas ajenos a la férula de la Tierra, cría a sus miembros en probetas y los entrena desde la infancia para convertirlos en el arma humana definitiva. Eso bastaría para atraer la atención del alto oficial, pero hay algo más… El Inspector Yukai nunca ha podido desprenderse de la vergüenza por haber utilizado él mismo los servicios de Starsilver para un asesinato con razones políticas. Ante la habilidad del agente de la Cofradía, Yukai sospecha al instante que, si su llegada ha sido detectada, es solo porque Starsilver desea que su presencia se conozca. Que Starsilver quiere que Yukai emprenda su caza.

Cofradía de asesinos tiene un argumento brillante que engancha al lector desde el primer capítulo. Con ausencia de romance y subtramas que diluyan la intensidad de su única línea narrativa, la intriga consigue mantenerse hasta el desenlace, cuando conocemos, al fin, cuál es la misión que ha traído a nuestro planeta a tan letal asesino, el enigma más seductor de la novela. Y no falta el  giro sorprendente, después de que el autor nos mostrara lo justo, amagara y escondiera información, sin ser engañoso. Podríamos considerar esta historia la versión en clave de ciencia ficción de Chacal, de Frederick Forsyth, anterior en una década, aunque el concepto de la Cofrafía, su funcionamiento y su particular ética resultan tan atractivos que los puntos en común no le restan interés.

Uno de sus méritos es que no se limita al mero western espacial, donde el vaquero/cosmonauta arriba a territorio inexplorado, encuentra una tribu de indios/alienígenas y, tras unos cuantos tiros, se lleva consigo a la chica, mientras suenan campanadas de boda. Estamos, más bien, ante un thriller narrado desde dos puntos de vista que se van alternando: el del cazador y el de la presa. La novela rebosa conceptos propios y exclusivos de la ciencia ficción. Uno de los más interesantes es Rey David, una inteligencia artificial con forma de pequeña pirámide que establece una relación simbiótica con su usuario. Tampoco el protagonista positivo —Starsilver reclama tantas páginas como el inspector que le persigue— es el aguerrido galán frecuente en la novela popular: con una leve cojera y apenas vida privada y amistades, se parece más a un alto funcionario, aunque se ocupe de asuntos relativos a inteligencia y seguridad, y no posee otro glamour que su eficacia.

Más conocido por su saga de El Orden Estelar, la serie de la Cofradía no desmerece entre las mejores obras de A. Thorkent. Incluso estoy dispuesto a confesar una especial predilección por ella. Si matar debe considerarse un arte, como nos decía De Quincey, que disfrute con las hazañas de sus más refinados practicantes no se me puede reprochar.

Armando Boix

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