“Enemigos indestructibles”, de Marcus Sidereo

Enemigos indestructibles; por Marcus Sidereo [María Victoria Rodoreda Sayol]; ilustración de la cubierta, Antonio Bernal. Barcelona: Ed. Bruguera, mayo 1970. Colección: La Conquista del Espacio; nº 1.

  • Reedición: Producciones Editoriales, 1980. Colección: Infinitum Ciencia Ficción; nº 18.
  • Materias: avances tecnológicos – invasión alienígena

marcus

La Conquista del Espacio fue una colección mítica por parte de Editorial Bruguera, que se extendió desde mayo de 1970 hasta hasta mayo de 1985, donde acabó en el número 746, con la novela Perros del espacio de Clark Carrados. Quince años antes comenzaba con esta Enemigos indestructibles, escrita por Marcus Sidereo, seudónimo bajo el cual se ocultaba una mujer, María Victoria Rodoreda Sayol (Berga, 1931-Barcelona, 2010). El que aquí empleaba era uno de los diecisiete seudónimos que solía emplear; los demás fueron Al Sanders, Boris Marcov, Douglas Kirby, Holm Van Roffen, Ian de Marco, John Talbot, Joseph Lane, Kent Duwall, Mark Donovan, Rand Mayer, Richard Dexter, Robert Dexter, Rock Morley, Ronald Carter, T. Danforht y Vic Logan, este último el más conocido, junto al presente. Dentro del campo de la ciencia ficción había debutado en Toray, en su colección Espacio, pero fue muy activa precisamente en La Conquista del Espacio, donde publicó 46 novelas.

Tal como sucedía con el tándem formado por Rafael Barberán y su pareja Àngels Gimeno, que colaboraban en el seudónimo conjunto de Ralph Barby, parece que Rodoreda también solía participar con su marido, Juan Almirall Erliso (1931-1994), y puede que alguna de las obras publicadas bajo alguno de sus seudónimos fuera de él, o de ambos, o los que firmaba él fueran realmente obra de ella -los seudónimos que usó Almirall fueron Robert Delanney (con el cual firmó su única novela de ciencia ficción, Las moléculas, nº 1 de la colección Ciencia-Ficción de la editorial R.O.), Alice Stanley, Buck Donovan, Cass Owerland, Elliot Lander, Harry Tempal, Jack Adams, John Randall, Johnny Romano, Juck Hulton, Milton Daunning, Nelson Jefferson, Paul Sepal, Peter Owen y Vie Hasper.

La presente novela centra su atención en un cuerpo celeste, llamado Crisma, que es un satélite pero que, por misteriosos motivos, acaba convirtiéndose en un planeta, así, sin más (aunque más adelante el profesor reconoce que se había equivocado en su apreciación). Es una colonia terrestre, pero en los últimos tiempos toda nave que hasta allí se ha dirigido no ha llegado a su destino, ni tampoco ha regresado. “Algo” intercepta a los que allí se dirigen. Maxil Maxilmann, joven comando del aire, intentará desvelar el misterio. Por un lado, rodeando el planeta, hay un grupo nutrido de ratas gigantes y voladoras, que devoran las naves e interceptan las emisiones de radio. Y en la superficie han aparecido unas criaturas alienígenas, que son como una especie de hombres-rana (literalmente), con una pierna, un brazo y un ojo, y una coraza indestructible.

Aunque muy activa, como se ha dicho, en el género de ciencia ficción -con el seudónimo de Marcus Sidereo, la imprescindible web La Tercera Fundación le glosa 52 títulos, y unos pocos más como Vic Logan-, no puede decirse que fuera una especialista del género, como lo fueron Leigh Brackett y Catherine L. Moore, por mencionar solo dos autoras de un tipo de literatura similar. Rodoreda lo asumió como una profesión, pero sin implicarse emocionalmente, narrando de forma rutinaria los arquetipos conocidos. Al menos en esta novela, dedica mucho tiempo a describir aburridas operaciones de vuelo, usando mucha tecno-jerga gratuita y un poco risible. Es el clásico concepto de considerar la ciencia ficción como una literatura menor y no tomársela muy en serio. La autora, además, hace un uso masivo del punto y aparte, con el fin de dilatar la extensión de un texto que, por lo demás, es más breve de lo normal en este tipo de obras. Por supuesto, el desarrollo psicológico de los personajes es por completo nulo, y la trama es absurda y no se sostiene en lo más mínimo, aunque ofrece un cierto tipo de ingenuidad primitiva que, si eliminas el mecanismo racional, puede suponer un entretenimiento muy primario. De todos modos, es una obra muy insatisfactoria como para elegirla para inaugurar una colección, que debiera arrancar con algo potente.

Carlos Díaz Maroto

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