“Asesinatos sin asesino”, de Curtis Garland

Asesinatos sin asesino; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Miguel García. Barcelona: Ed. Bruguera, 1975. Colección; Punto rojo; nº 677.

  • Materias: crimen perfecto – desafío intelectual – detective aficionado.

asesino

Supongo que, dependiendo de la novela y las circunstancias, la redacción de una de estas obras debía durar más o menos, pero por lo general, por lo leído se circunscribía a alrededor de una semana. En ese lapso, se debía pergeñar una idea, escribirla, darle un ritmo adecuado, corregir, dentro de lo posible, las erratas -era una época previa al ordenador, donde la corrección de un texto es de una facilidad que abruma, técnicamente hablando-… El hacer, no ya una buena novela, sino algo meramente aceptable, era muy difícil, dadas las circunstancias. Y había escritores que lo conseguían. Curtis Garland era uno de ellos.

En esta novela policíaca se plantea el clásico tema del “crimen perfecto”, el de alguien que comete un asesinato -o varios- y tiene una coartada impecable. En este caso concreto, el “asesino” se entrega a la policía antes de cometer el crimen; de ese modo, una vez realizado el asesinato, tendrá la coartada de que él estaba en prisión, con toda la ley vigilándolo, y no habrá modo de culparle. Un periodista de sucesos investigará…

Tenemos, por tanto, una trama de una intriga un tanto en la onda de la obra maestra cinematográfica Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, 1956), de Fritz Lang, y gran parte de la trama se circunscribe a tensas conversaciones en la cárcel entre el presunto asesino (Van Dyke) y el periodista (Caine), al igual que en la película del autor de Furia (Fury, 1936). Inclusive, en algunos aspectos, este enfrentamiento tête à tête prefigura al que se establecía entre Hannibal Lecter y Clarice Starling en la novela El silencio de los inocentes / El silencio de los corderos (Silence of the Lambs, 1988) y su consiguiente versión cinematográfica realizada por Jonathan Demme en 1991.

Un planteamiento así resulta muy peligroso, y al final el castillo de naipes se puede desmoronar, cuando se da la explicación y todo está cogido con pinzas, o directamente no se sostiene. Si bien hay un poquito de trampa por parte del narrador -lo de la inexistencia de un cómplice no es exactamente cierto, y se pasa de puntillas sobre este hecho-, la forma de hilvanar y explicar todo es muy ingeniosa, y tenemos una vuelta de tuerca más, sorprendente y admirable.

A quien le guste la novela policíaca-enigma, donde haya que ir a la par con el investigador descubriendo lo que acontece, aquí tiene una obra a considerar. Merece mucho la pena.

Carlos Díaz Maroto

 

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