“Leyenda sin tiempo”, de Curtis Garland

Leyenda sin tiempo; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la portada, Agencia Norma. Barcelona: Editorial Ceres, septiembre 1980. Colección: Héroes del Espacio; nº 20.

  • Materia: ucronías – invasores – viajes temporales.

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El lector que se enfrente a esta novela pensará automáticamente en una película, muy popular en su época: Edicto siglo XXI: prohibido tener hijos (Z.P.G.,  1972), de Michael Campus, de título bastante explícito. Sin embargo, el parecido de la presente novela es más cercano a un telefilm de esa misma época: El día que requisaron los niños (The Last Child, 1971), de John Llewelyn Moxey. En este “Estrenos TV”, en una sociedad futura está prohibido tener hijos, pero una pareja viola esa ley; juntos habrán de huir para localizar un sitio mejor.

Leyenda sin tiempo tiene el mismo punto de partida, pero con un añadido: a la pareja se les une en esa huida un extraterrestre. El motivo de esto es que el futuro hijo de ellos viajará al espacio, llegará al planeta donde habita el alienígena, y será causante, involuntario o no, de la muerte de la amada de éste. Viaja en el espacio y en el tiempo, cual Terminator, para vengar esa futura muerte, pero viendo que el causante aún no ha nacido escoltará a ambos hasta el momento de nacer el niño para, entonces, consumar su venganza.

Se trata de una novela simpática y de grata lectura, pero no de lo mejor de Curtis Garland. A una trama algo “ligerita” y que recurre en exceso al deus ex machina se le suma un enorme hándicap, como supone que el arranque de la trama ocupe un tercio de la novela, una conversación interminable entre la pareja y el extraterrestre, llena de divagaciones. Y eso que, con la estructura que tiene la historia, hubiera sido muy fácil “rellenar” por medio de meter incidencias en el camino del trío hacia su destino.

Eso sí, el final es muy romántico y poético, y alcanza unas cotas de lirismo realmente encomiables. Al fin y al cabo, un Garland no puede ser negativo. Tenía demasiado oficio para ello.

Carlos Díaz Maroto

“Un amor casi eterno”, de Kelltom McIntire

Un amor casi eterno, por Kelltom McIntire [José León Domínguez Martínez]; ilustración de la cubierta, Luis Almazán. Barcelona: Editorial Bruguera, octubre 1984. Colección: Héroes del Espacio; nº 217.

Materias: hibernación – civilizaciones extraterrestres

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Kelltom McIntire, el seudónimo más habitual de José León Domínguez Martínez (1937-2009), es un escritor que, por lo general, no suele ser citado entre los grandes autores de bolsilibros, al lado de Curtis Garland, Lou Carrigan o Silver Kane, por ejemplo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que merece figurar en esa nómina de escogidos entre lo más selecto de los escritores de literatura popular española. Su estilo literario es más trabajado de la norma -al igual que el de los citados-, compone historias interesantes y les otorga una impronta un tanto diferente que lo aleja de las composiciones más convencionales.

Un amor casi eterno es un buen ejemplo de lo que refiero. Publicada en 1984 dentro de la colección de ciencia ficción “Héroes del Espacio”, se trata de una obra totalmente atípica. Lo primero que hay que decir es que, tal como lo presagia el título, se trata, ante todo, de una historia de amor. Casi ha de leerse la mitad de la novela hasta que, al fin, comienzan a aparecer elementos de ciencia ficción. Hasta entonces, es un drama humano: un millonario se encuentra ante la atroz circunstancia de que su amada esposa se está muriendo de una rara enfermedad, y con todo su dinero nada puede hacer. En esa situación, se nos cuentan sus cuitas mientras el proceso se hace irreversible.

Lo que en otro escritor podría suponer relleno para alcanzar la extensión requerida, por parte de McIntire es un retrato psicológico de un hombre desesperado, que busca por todos los medios que lo irreversible no se produzca. Sintomática es su charla con su chófer, Boy, que no vuelve a aparecer en el resto de la historia, y que representa el intento de una persona de comunicar su desesperación a otra.

En esa circunstancia, el protagonista decide criogenizar a su esposa, una vez muerta, para luego ser despertada cuando esa enfermedad incurable puede ser ya curada. Aquí se produce uno de tantos errores que suelen aplicarse a la temática de la criogenización. Puede que llegue un tiempo futuro en el cual existan sistemas de devolver la vida a una persona que haya sido sometida a ese proceso, pero lo que no se puede hacer es resucitar a una persona ya muerta. El proceso de criogenización debiera producirse cuando el individuo está aún con vida. Pero es un error muy extendido, que se produce infinidad de veces, tanto en literatura como en cine o en la vida cotidiana.

Prosigamos con la novela, pues. Nuestro héroe no solo procede a ello con su esposa, sino que se somete igualmente a ese proceso, una vez muerto él mismo. Así, ambos podrán “resucitar” en un futuro lejano unidos para siempre. A partir de ahí, los elementos de ciencia ficción van surgiendo, y tampoco me iré extendiendo demasiado sobre ello, para que el futuro lector se enfrente “virgen” a todo ello. Solo referir que la trama es sencilla, directa, bonita, y que semeja más una novela de anticipación escrita veinte años atrás, lo cual es referenciado no de un modo peyorativo, sino en el aspecto de recreación literaria que se daba en aquellos tiempos. Es también esta parte la más convencional, no por ello desdeñable, y que a partir de ese instante se convierte en una novela de aventuras muy entretenida.

Volveremos sobre Kelltom McIntire, no lo dudéis.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Túnel en el Sistema Solar”, de Clark Carrados

Túnel en el Sistema Solar; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; ilustración de la portada, Antonio Bernal. Barcelona: Ed. Ceres, marzo 1981. Colección: Héroes del Espacio; nº 48.

  • Materias: agujeros negros – megalómanos.

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Un asteroide esta ocupado por dos hombres que lo están horadando en busca de oro. Ese es el atractivo arranque de esta novela, que presenta a unos protagonistas atípicos y un tono algo diferente al de los bolsilibros, que presagia un tono menos estereotipado. Lamentablemente, todo se precipita en cuanto cambia de escenario y aparece “la chica”, y el tono superficial característico de la literatura de Clark Carrados hace aparición. La chica, por cierto, es una agente secreta del gobierno terráqueo, infiltrada entre malvados, pero su comportamiento parece más propio de la típica ingenua de comedia norteamericana de los cuarenta o cincuenta, digamos al estilo de Judy Holliday.

Pese a ello, no es esto de lo peor de Carrados y, una vez te acostumbras y aceptas las convenciones, es incluso disfrutable. Escrita en 1981, el tono, sin embargo, es más propio de la literatura pulp norteamericana de los años cuarenta y, aceptada desde esa perspectiva, es bastante aceptable.

Todo varía de tono cuando el asteroide en el cual se hallan nuestros dos héroes y la chica es absorbido por un agujero espacial, que los traslada a otra parte del universo, y una vez allí llegan a un planeta habitable, pero regido por un dictador al estilo Ming procedente de la Tierra, y que desapareció cinco años atrás. A partir de ahí, el lector puede adivinar sin error lo que acontecerá, y todo ello se desarrolla de un modo formulario. Sin embargo, los personajes resultan, en cierto sentido, atractivos, y se siente interés por lo que acontezca con ellos, pese a que el desarrollo psicológico, como es norma, resulta nulo.

A destacar cómo el megalómano, líder de una secta religiosa en la Tierra, crea una dictadura benévola, donde los esclavos trabajan sin esforzarse mucho, y la comida es de lo más opípara y suculenta. Sin embargo, de vez en cuando se lleva a alguna chica a sus aposentos, y a los disidentes los liquida por medio de un soplete de napalm.

Entretenimiento menor pero simpático. Se deja leer.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Cámara de los horrores”, de Curtis Garland

Cámara de los horrores; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Manfred Sommer. Barcelona: Ed. Bruguera, 1973. Colección: Selección Terror; nº 20.

  • Materias: crímenes – horror victoriano – brujería – automatismo.

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Curtis Garland gustaba inspirarse en los mitos clásicos del terror, haciendo uso para ello de las creaciones literarias y cinematográficas. En esta ocasión, su fuente de inspiración, por encima de todas, es la película Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), de André De Toth, aunque por debajo el buen aficionado detectará otras influencias, igualmente notables.

Así pues, aquí tenemos una serie de crímenes perpetrados alrededor de un museo de cera, cuyo propietario, un francés -sin duda, en alusión al célebre y auténtico museo de cera de Madame Tussaud-, ejecuta excelsas figuras. Tenemos un reparto coral, así, amén del referido, tiene un socio, una modelo que posa para él, y prometida al socio, un inspector de policía, que investiga el caso, y el héroe de la novela, un periodista amigo tanto del detective como del socio. Es curioso cómo Garland, en este tipo de historias, siempre hacía aparecer a la policía, pero no la convertía en protagonista, sino que siempre había un detective aficionado, en general periodista, que hacía frente a todo.

Como siempre en Garland, la creación de atmósferas es algo muy importante para él. Tanto, en este caso, que descuida algo en lo que suele ser un maestro, la ambientación, de tal manera que la novela se halla salpicada de fallos anacrónicos. La historia se ambienta en 1890; sin embargo, hace alusión a personajes que no son de esa época: Drácula no se publicó hasta 1897; entre las figuras están también Frankenstein y el hombre lobo luchando, cuando esa iconografía no se establecería hasta 1943 con la película de la Universal dirigida por Roy William Neill; también tenemos una momia llena de vendajes y resucitada, elemento inherente al film de 1932 de Karl Freund; de igual modo se menciona al célebre asesino de viudas Landrú, que no actuó hasta la Primera Guerra Mundial; y el héroe hace uso de la palabra “robot”, que no nació hasta 1921, en que el escritor Karel Capek la empleó en su obra R.U.R. con las connotaciones aquí empleadas. Da la impresión de que Garland se olvidara, por momentos, la época en la cual había ambientado la narración.

Realmente, tampoco eso tiene mucha importancia. Lo que importa aquí, como se dice, es la atmósfera, el ambiente, el tono que se consigue. Como siempre, los personajes resultan atractivos y están bien perfilados, y los diálogos estén en especial bien desarrollados, transmitiendo credibilidad. Esta novela es de las primeras de la colección (el nº 20); más adelante, Gallardo Muñoz volvería a emplear premisas similares en otras de sus novelas. Casualmente, algunas de esas novelas posteriores ya las he leído -sus reseñas están ya publicadas en este blog, reto, pues, al lector a ver si las puede localizar sin pista alguna-, por lo cual la resolución del misterio se hace fácil para el lector si conoce esas otras obras. Otro mal menor, y que en realidad podría achacarse a las posteriores, no a la presente.

Tenemos, pues, una atractiva novela de misterio, fantasía y horror, que mezcla distintas temáticas con habilidad, dando lugar a otra de las consistentes narraciones que Gallardo Muñoz desarrolló para esta mítica colección.

Carlos Díaz Maroto