“Cámara de los horrores”, de Curtis Garland

Cámara de los horrores; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Manfred Sommer. Barcelona: Ed. Bruguera, 1973. Colección: Selección Terror; nº 20.

  • Materias: crímenes – horror victoriano – brujería – automatismo.

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Curtis Garland gustaba inspirarse en los mitos clásicos del terror, haciendo uso para ello de las creaciones literarias y cinematográficas. En esta ocasión, su fuente de inspiración, por encima de todas, es la película Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), de André De Toth, aunque por debajo el buen aficionado detectará otras influencias, igualmente notables.

Así pues, aquí tenemos una serie de crímenes perpetrados alrededor de un museo de cera, cuyo propietario, un francés -sin duda, en alusión al célebre y auténtico museo de cera de Madame Tussaud-, ejecuta excelsas figuras. Tenemos un reparto coral, así, amén del referido, tiene un socio, una modelo que posa para él, y prometida al socio, un inspector de policía, que investiga el caso, y el héroe de la novela, un periodista amigo tanto del detective como del socio. Es curioso cómo Garland, en este tipo de historias, siempre hacía aparecer a la policía, pero no la convertía en protagonista, sino que siempre había un detective aficionado, en general periodista, que hacía frente a todo.

Como siempre en Garland, la creación de atmósferas es algo muy importante para él. Tanto, en este caso, que descuida algo en lo que suele ser un maestro, la ambientación, de tal manera que la novela se halla salpicada de fallos anacrónicos. La historia se ambienta en 1890; sin embargo, hace alusión a personajes que no son de esa época: Drácula no se publicó hasta 1897; entre las figuras están también Frankenstein y el hombre lobo luchando, cuando esa iconografía no se establecería hasta 1943 con la película de la Universal dirigida por Roy William Neill; también tenemos una momia llena de vendajes y resucitada, elemento inherente al film de 1932 de Karl Freund; de igual modo se menciona al célebre asesino de viudas Landrú, que no actuó hasta la Primera Guerra Mundial; y el héroe hace uso de la palabra “robot”, que no nació hasta 1921, en que el escritor Karel Capek la empleó en su obra R.U.R. con las connotaciones aquí empleadas. Da la impresión de que Garland se olvidara, por momentos, la época en la cual había ambientado la narración.

Realmente, tampoco eso tiene mucha importancia. Lo que importa aquí, como se dice, es la atmósfera, el ambiente, el tono que se consigue. Como siempre, los personajes resultan atractivos y están bien perfilados, y los diálogos estén en especial bien desarrollados, transmitiendo credibilidad. Esta novela es de las primeras de la colección (el nº 20); más adelante, Gallardo Muñoz volvería a emplear premisas similares en otras de sus novelas. Casualmente, algunas de esas novelas posteriores ya las he leído -sus reseñas están ya publicadas en este blog, reto, pues, al lector a ver si las puede localizar sin pista alguna-, por lo cual la resolución del misterio se hace fácil para el lector si conoce esas otras obras. Otro mal menor, y que en realidad podría achacarse a las posteriores, no a la presente.

Tenemos, pues, una atractiva novela de misterio, fantasía y horror, que mezcla distintas temáticas con habilidad, dando lugar a otra de las consistentes narraciones que Gallardo Muñoz desarrolló para esta mítica colección.

Carlos Díaz Maroto

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