“La invasión de los hielos” de H. S. Thels

La invasión de los hielos; por H. S. Thels [Enrique Sánchez Pascual]; ilustración de la portada, Cha’bril. Barcelona: Toray, 1955. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 3.

Reediciones:

  • Barcelona: Toray, 1970. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 485.
  • Pinto (Madrid): Andina, 1977. Colección: Galaxia 2001; nº 79.

Materias: política ficción – catástrofes mundiales – avances tecnológicos

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Es moneda común en el mundo del bolsilibro que los escritores hagan uso de cierta variedad de seudónimos. En unas ocasiones, es para ocultar su fertilidad; en otras, porque parece que determinados nombres tienen mejor sonoridad para ciertos géneros. Un poco de ambas cosas sucedía con Enrique Sánchez Pascual (1918-1996); para escribir literatura bélica eligió el rimbombante alias germánico de Karl von Vereiter. Otros de sus seudónimos fueron Alan Comet, Alan Star, Alex Simmons, H. S. Thels, Herman Tellgon, Law Space, Lionel Sheridan y W. Sampas.

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El de H. S. Thels lo eligió sobre todo para escribir ciencia ficción, pero también redactó algún policial con él. La invasión de los hielos apareció por primera vez en 1955, y algunos estudiosos especulan que pudiera ser lo primero que publicó. Leerla hoy día, desde luego, resulta sorprendente, y tiene un tono muy distinto a la posterior ciencia ficción en bolsilibro, más “casera”, digamos. Esta novela, por el contrario, es más ambiciosa de lo normal -y más larga-. No ofrece alienígenas, ni exploraciones espaciales, ni tremendos avances científicos. Se ambienta en el por aquel entonces tampoco muy lejano año 1980, en el que sigue manteniéndose la Guerra Fría entre los ejes occidental y oriental, y de hecho arranca con el cese de ese precario equilibrio para entrar en acción.

Quizás inspirado por la denominación de “Guerra Fría”, precisamente eso es lo que se desata, con los soviéticos elaborando un plan científico con el cual los hielos invaden toda Europa, devastándola. Solo los Estados Unidos de América parecen capaces de hacer frente a este peligro para la humanidad.

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El protagonismo de la historia es coral, aunque hay algunos personajes que destacan más a lo largo de la narración. Y el tono es bastante variado. El arranque me recuerda al de los thrillers políticos de John Frankenheimer, y mientras lo leía me lo imaginaba al estilo visual de estos: en blanco y negro y con unos encuadres elaboradísimos. A continuación el tono catastrófico hace pensar en las películas de Roland Emmerich o, para ser más precisos, en la ci-fi de catástrofes de los cincuenta, pongamos por caso Cuando los mundos chocan. La parte final es puro cine bélico, y podríamos pensar en las cintas de la Segunda Guerra Mundial coetáneas, como las que pudiera dirigir Raoul Walsh.

Lo que más destaca de esta emocionante narración, a día de hoy, es el tono panfletario, con todo, que lo hace casi caricaturesco por momentos. Así, los dirigentes soviéticos son descritos como gordos, feos, que se hurgan los dientes mientras se reúnen, o con rostros que expresan la más pura maldad; el pueblo ruso, por su parte, es descrito tristón y desesperado. Por su parte, los norteamericanos son gallardos, viriles, inteligentes y patrióticos; en este último sentido hay un momento sumamente heroico hacia el final, que de todas maneras está desarrollado con una intensidad y fuerza encomiables, y demuestra cómo la ficción puede tener tanta potencia como instrumento discursivo.

Me hace mucha gracia un elemento que también destaca Alberto Sánchez en la reseña publicada en su estupendo blog La memoria del bolsilibro, y es cómo el autor refleja la imagen del dictador soviético, cuando en su propio país tenía un ejemplo bastante pertinaz al respecto. Dado que Sánchez Pascual abandonó España tras el triunfo de los golpistas y, una vez de regreso a nuestro país, sufrió prisión, cabría pensar que en realidad estaba realizando una mascarada sutil para comparar ambos dictadores. Por cierto que cuando se menciona nuestro país en la novela, también anegado por los hielos, no utiliza nunca la palabra “España”, sino la más ambigua de “Península Ibérica”.

Un libro entretenido, correcto y de cierta solvencia estructural, que conviene leer, y disfrutar, sin tomarse demasiado en serio su carga política.

Carlos Díaz Maroto

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