“Un solo ataúd”, de Silver Kane

Un solo ataúd, por Silver Kane [Francisco González Ledesma]. Barcelona: Editorial Bruguera, 1962. Colección: Punto Rojo; nº 1.

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Percy ha muerto. Magda iba a casarse con él, y ahora cree verle aún, y conversa  con él. Tiempo atrás estuvo ingresada en una clínica mental por sufrir alucinaciones. Ahora entra a trabajar en un colegio como profesora de francés…

La colección «Punto Rojo» de Bruguera resultó bastante ecléctica, dentro de lo que los anglosajones llaman «crime novel», y nosotros, de forma un tanto constrictora, «novela policial», reduciendo nominalmente el concepto a historias solo protagonizadas por policías. De este modo, la colección incluía tramas de policías, de gánsteres, de crímenes, de detectives… y, en algunas ocasiones, de suspense, misterio o hasta terror. Sospecho que Bruguera, hasta la aparición de la colección «Selección Terror», en 1973, tuvo la manga un poco ancha en «Punto Rojo», aceptando historias que bordearan la temática, mientras no incursionaran en la temática sobrenatural (la palabra “vampiro” se repite bastante a lo largo de la colección, sin que en realidad apareciera ninguno a lo largo de esta, que yo sepa).

Un solo ataúd, de Silver Kane, podría asemejarse a las películas de terror que realizó la Hammer a mediados de los sesenta, mezclando un poco a Alfred Hitchcock con Henri-Georges Clouzot. Películas como El alucinante mundo de los Ashby (Paranoiac, 1963) o El abismo del miedo (Nightmare, 1964), ambas de Freddie Francis, serían comparables en tono y forma a lo que exhibe esta novela, obra del autor de Crónica sentimental en rojo. El tono lóbrego del colegio al que va a guarecerse, más que a trabajar, Magda, es un poco como el de Las diabólicas (Diabolique, 1955), precisamente de Clouzot.

González Ledesma comete algunas ingenuidades, como que la protagonista, norteamericana, vaya a dar lecciones de francés a un colegio donde ya tienen como profesora a una francesa auténtica -que se ocupa de enseñar otras lenguas-. Y en un momento determinado dice que “las gaviotas croaron”, no sé si como error, o como una figura literaria que no acaba de cuajar. Y tenemos un médico cuyo lenguaje profesional suelta una burradas que dejan apabullado.

Dentro de ese tono de suspense bordeando el terror tenemos al héroe protagonista, que parece más propio del género negro, aunque sea marino. Y el final de la obra hace que esta transite, siquiera un breve instante, por los meandros del espionaje. Digamos que este sería el macguffin de la historia. Y como clímax final tenemos un elemento directamente copiado de una película fundamental de un director citado más arriba.

En cuanto la heroína empieza a tener visiones uno comienza a sospechar, y de inmediato viene a la mente un clásico del cine criminal, que también tiene una novela que se escribió simultáneamente al film, aunque mucha gente piense que la película es adaptación del libro (soy así de abstracto para no desvelar un detalle crucial de la trama). Y, de hecho, lo que se sospecha se confirma. Hay también un detalle, cuando solo faltan diez páginas de libro, en donde la protagonista empieza a contar cosas que trastocan por completo el enfoque de la historia. Dado que el autor llevaba a la chica como punto focal de la narración, y nosotros íbamos de su mano, no puede sino considerarse una trampa poco honesta para con el lector.

El resultado es una cosita entretenida pero poco consistente, y que, en todo caso, ofrece una guía a posteriores autores para saber las temáticas por las que la colección podría circular a partir de entonces.

Carlos Díaz Maroto

 

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