“Muera en Hong-Kong, es más barato”, de Keith Luger

Muera en Hong-Kong, es más barato; por Keith Luger [Miguel Oliveros Tovar]; ilustración de la cubierta, Desilo; ilustración de interiores, Altamira. Barcelona: Editorial Bruguera, 1968. Colección: Servicio Secreto; nº 941.

  • Reedición: Bruguera, 1978. Colección: Punto Rojo; nº 851.

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Novela ambientada en Hong-Kong, como se nos indica en el título.

Una joven dama llamada Judith, después de un incidente con un buscavidas llamado Larry Sutton en una casa con bonitas chicas japonesas, lo contrata, por decirlo de algún modo, para buscar a su marido, de nombre Richard Morley, que ella cree en problemas. Ahí mismo empieza la espiral de aventuras y de muerte en un lugar en el que, como se nos indica en el título, morir es muy barato (válgame y se me perdone la redundancia).

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También está de por medio una organización mafiosa dirigida por un misterioso personaje que no se desvela hasta el final de la novela y que trafica con drogas bajo el señuelo de muñecas con ojos azules (otra pequeña curiosidad).

Bolsilibro clásico que no defrauda del Maestro Luger, muy bien escrito y que no decae en ningún momento.

Andrés Ramón Pérez Blanco

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“No salgas de noche”, de Julio M. Freixa

No salgas de noche; por Julio M. Freixa; diseño de la portada, Jorge Morón; ilustración de la portada, Za-Akronia. Arachne, 2017 [en papel y en digital].

  • Género – materia: terror – policial – licantropía

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Una gran novela corta cierra la trilogía comentada, deudora del gran bolsilibro Sangre bajo la luna de Lem Ryan.

En este libro, el autor, que es Julio M. Freixa, nos vuelve a traer a los personajes detective Daniel Roerich y al policía Dubois, “Frenchie” para los amigos, al cual acompaña una policía novel que responde al apellido de Garofalo. Deben resolver una serie de crímenes especialmente macabros. Espeluznantes. Y muy sangrientos.

Se trata de un libro ágil, al igual que los anteriores, y que no te permite ni un momento de descanso. Libro en el cual se homenajea también al noble arte de la lucha libre. El texto es rico en guiños, terminología a este deporte y hasta aparecen dos de los más carismáticos luchadores que hubo. Y otro más que también aparece en forma de….

Es este también un libro noble, con la mera pretensión de entretener y lo consigue con creces. El autor le ha puesto, y eso se nota, muchísima ilusión, y vive el oficio y lo transmite al lector. Frescura, oficio, tributo y pasión. Y no es poco para los tiempos que corren.

Andrés Ramón Pérez Blanco

 

“Natividad de sangre” de Jorge R. del Río

Natividad de sangre; por Jorge R. del Río; diseño de la portada e interior, Jorge Morón; ilustración de la portada, Julio  M. Freixa. Arachne, 2017 (en papel y en digital).

Género – materias: terror – policial – satanismo.

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Crucifixiones reales en las postrimerías del siglo XX y un rompecabezas imposible, en una trama muy bien escrita. Este es uno de esos libros que te van pidiendo más conforme van pasando las páginas y vamos conociendo a los demás personajes. Todo muy bien definido y muy bien hilvanado, con cierta concesión al mayor pope de la actualidad, lo cual no resulta de ser curioso e inquietante a la vez.

No quiero despellejarles el libro, porque quiero que lo descubran por ustedes mismos. Solo comentarles que me ha parecido un muy buen tour de force, una verdadera descripción de un Apocalipsis que casi fue y gracias a un trío magnifico en la extinta Navidad de 1985 nos libraron de Baphomet… (Y hasta aquí voy a escribir).

Amigos, es un magnífico libro, escrito de manera magistral por Jorge R. del Río, que, como el anterior que leí de la serie, te deja con ganas de más, sin un momento de respiro.

Andrés Ramón Pérez Blanco

“Vendetta sangrienta” de José Antonio Herrera Márquez

Vendetta sangrienta; por José Antonio Herrera Márquez; diseño de la portada e interior, Jorge Morón; ilustración de la portada, Julio M. Freixa. Arachne, 2017 (en papel y en digital).

Género – materias: terror – policial – licántropos – vampiros.

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Creedme lo que os digo. Si creéis en algo, que este libro es fresco, es pulp, es bueno.

José Antonio Herrera nos lleva a un Nueva York ochentero en esta novela, tributo a Sangre bajo la luna de Lem Ryan (Bruguera, Selección Terror 587), donde aparece de nuevo el detective Roerich y su amada Dora. También aparece la cohorte, o debiera escribir jauría de licántropos del libro original.

Esta pequeña joya, que lo es, nos mantiene entretenidos y en constante tensión a lo largo de todo su recorrido. Nunca tantas páginas dieron para tanto. Persecuciones, amenazas de muerte. Y desmembramientos; muchos desmembramientos. Malos malosos de los de verdad (y reales) que quieren acabar con otra especie de maldad que no viene de este mundo…

Me llama la atención en esta novela el amor del escritor por la música ochentera, tanto que en los pasajes amenizados por esta parece que estés escuchándola.

Es un libro que, como bien puse antes, no decae en ningún momento, que nos trae recuerdos de los ochenta, época convulsa, como esta, como todas.

Mucha sangre en este libro, y a cada página que pasa mucho y mucho más hasta acabar la más fantástica batalla de bandas jamás disputada, y además a tres bandas: licántropos, mafiosos y vampiros. Y en medio de todos, Roerich, detective de poco ortodoxos métodos, pero siempre muy efectivos.

Si tenéis la oportunidad, y el que quiere puede, adquirid este libro. Es puro pulp, amigos.

Andrés Ramón Pérez Blanco

“Sangre bajo la luna”, de Lem Ryan

Sangre bajo la luna, por Lem Ryan [Francisco Javier Miguel Gómez]; ilustración de cubierta, Lozano. Editorial Bruguera: Barcelona, 1984. Colección: Selección Terror; n.º 587.

  • Género – materias: terror – licantropía – literatura noir

 

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Con una extrema juventud, solo diecisiete años, Lem Ryan fue la última incorporación al plantel de profesionales de la pluma que alimentaban la factoría de bolsilibros de la Editorial Bruguera. Al contrario que muchos escritores de generaciones anteriores, que saltaban de género según las necesidades del mercado y se lanzaban a redactar aventuras espaciales sin haber leído de ciencia ficción otra cosa que un puñado de novelas de Verne o visto más películas que el puñado de producciones de serie B que llegaban a nuestras pantallas, Lem Ryan tenía una marcada predilección por el fantástico —Ángel Torres Quesada (A. Thorkent) sería otro ejemplo de autor vocacional—. Incluso, cuando requerimientos editoriales le impusieron pergeñar una narración del oeste, supo apañárselas para convertirla en una historia de vampiros. Había crecido con filmes del género que se convirtieron en éxitos de taquilla en la década de los setenta y primeros años ochenta, y había devorado cuanta literatura fantástica cayó en sus manos, poblando sus futuras historias de referentes —Lovecraft y Robert E. Howard son palmarios en muchos de sus títulos— de los que carecían algunos de sus colegas.

 Sangre bajo la luna fue su única contribución a la colección Selección Terror, aunque elementos sobrenaturales podemos encontrar en otras de sus novelas escritas para Héroes del Espacio, en clave de fantasía heroica, y fusionó horror y ciencia ficción en diversos títulos de esa misma cabecera. Nos encontramos aquí con un ex policía convertido en detective privado, Roerich —¿Homenaje el pintor citado por Lovecraft en En las montañas de la locura?—, que sigue los cánones establecidos en la ficción con sus problemas económicos, un pasado de conflictos con sus superiores, durmiendo en un despacho atestado y enamorando a una despampanante secretaria, entre otras beldades. Un obeso millonario, Ashton —¿Por Clark Ashton Smith?—, le encarga la búsqueda de su hija desaparecida —¿Chinatown?—. Paralelamente, un lobo está convirtiendo los oscuros callejones de Nueva York en un matadero, durante incursiones nocturnas cuya verdadera naturaleza las autoridades se esfuerzan por ocultar.

Como puede imaginarse, estamos ante una novela sobre el tema de la licantropía, cuando todavía estaban muy recientes en la memoria tres títulos referenciales que reinterpretaban el mito bajo una óptica moderna: Lobos humanos, Aullidos y Un hombre lobo americano en Londres, todas ellas de 1981. El licántropo de Lem Ryan está lejos del antropoide piloso fijado en las películas clásicas de la Universal. De un modo más acorde con las leyendas, con Lobos humanos y con las pocas manifestaciones literarias, estamos ante un humano que adopta forma animal, más inteligente, feroz e implacable sin dejar de ser un cánido, y que ya no es el alma solitaria condenada por un maldición, sino orgullosa de su naturaleza y parte de una manada que actúa en conjunto.

Con una prosa sobrecargada de adjetivos, algo frecuente en los escritores debutantes, se esfuerza por crear atmósfera, intento que en bastantes momentos consigue, pese a algunos excesos, entendiendo muy bien que el escalofrío no depende tanto del qué se cuenta sino del cómo se cuenta, que envolver al lector en un clima adecuado es fundamental para la eficacia de la narración fantástica. La trama, aunque acaba por desembocar en cauces previsibles, se sigue con interés e incluso intriga, alejando al lector de un consumo rutinario. Merece subrayar su final desesperanzado, nada común en un tipo de literatura proclive a los happy ends. Acaso llama la atención puntualmente un cierto tono conservador, más fácil de observar en escritores de la vieja guardia. En un autor tan joven parece extraño leer frases como la siguiente, describiendo a unos moteros que acabarán masacrados: «No formaban parte de esa juventud envidiable que busca la sana diversión y la alegría de vivir pese a las adversidades, sino más bien la escoria en que se ceban los males de una sociedad corrompida, el lado oscuro de un espejo que siempre tenemos delante». Por lo que nos cuenta la novela, no han cometido mayor pecado que practicar el amor libre y consumir drogas. Supondremos, entonces, otras maldades fuera de escena o el influjo de directrices editoriales, porque si esto lo hubiera redactado un escritor en los días de gloria de José María Pemán habría sonado más acorde.

De cualquier modo, son breves notas disonantes en una composición bastante acertada, que podría haberse mejorado sin la aceleración narrativa obligatoria en el formato. Se echa en falta, por ejemplo, un mayor desarrollo en algunas situaciones, como la entrevista entre el millonario y el detective al inicio, o algunas escenas de transición que convirtieran en menos fortuitos o caprichosos ciertos acontecimientos. Noventa páginas de pequeño tamaño imponen tiranías; pero tal concisión también forma parte del encanto del bolsilibro.

Fue una lástima que la debacle de la Editorial Bruguera, arrastrando consigo al mercado de la novela para el quiosco, cercenase demasiado pronto una carrera que se adivinaba prometedora. Se trataba de un autor de talento, con personalidad propia e identificable, lleno de ambición y deseos de hacer bien su trabajo, que podría haber llegado a producir muchos títulos memorables. Algunos de los publicados ya lo son, de hecho, al arrancarse de los moldes más frecuentes y atreverse a explorar caminos diferentes a los que otros escritores de la casa frecuentaban. Más de veinte años tardaría Lem Ryan en regresar a las letras; pero estaba ya en un mundo editorial muy diferente y su obra habría de sufrir una inevitable transformación.

Armando Boix

“Peregrinos del tiempo” de Clark Carrados

Peregrinos del tiempo; por Clark Carrados [Luis García Lecha[; autor de la portada, Jorge Núñez. Barcelona: Editorial Bruguera, 1974. Colección: La Conquista del Espacio; nº 208.

  • Materias: Viajes en el tiempo – Civilizaciones en el pasado y en el futuro – Investigación.

Portada

Estamos en el planeta Tierra, en el siglo XXV, donde tras una catástrofe planetaria –El Segundo Diluvio– ocurrida trescientos años atrás, la población mundial solo asciende a veinte millones de personas. La civilización se ha recuperado y es altamente tecnológica, permitiendo los viajes en el tiempo. El Gran Consejo del Tiempo es quien mantiene el control de estos desplazamientos temporales para evitar fatales cronoclismos. Pero existe un grave problema: la sociedad está inmersa en una dictadura política y todos los habitantes de la Tierra son obligados a someterse al Control de Pensamiento Individual.

En este escenario social, el policía temporal, perteneciente a la Cronopol, capitán Kiddon 40, viaja a la Prehistoria en un cronomóvil en busca de la prófuga y revolucionaria Úrsula 108, que se ha negado a que controlen su mente y ha escapado de su siglo con el fin de ser libre.

Una vez capturada por Kiddon, Úrsula, de nuevo en el siglo XXV, y por intercesión del policía, es condenada a una pena muy leve: vivir bajo arresto domiciliario y en continua vigilancia del implacable Kiddon 40. Pero todo cambia cuando Úrsula va convenciendo al capitán de la Cronopol que los gobernantes son unos tiranos que se saltan sus propias leyes y que han de conseguir restituir un régimen político humanitario.

De aquí en adelante, la pareja emprenderá la peligrosa misión de viajar al pasado –perseguidos por sicarios gubernamentales– para eliminar al inventor de los cronomóviles antes de que construya el primer modelo –acontecimiento, al parecer, transcendental para la aparición de esa injusta sociedad del siglo XXV– y deshacer los acontecimientos de la Historia. Y surge, entonces, una serie de sucesos que los enviarán a un remotísimo pasado, en el que una supercivilización, de origen desconocido, es aniquilada por un ciclópeo maremoto, a ser perseguidos por asesinos en el siglo XXII y a tener que casarse, inesperadamente, con personas no adecuadas, creando extrañas paradojas temporales.

Como se puede vislumbrar, el argumento de esta magnífica novela es complejísimo. El hilo narrativo, lleno de inverosímiles paradojas temporales, resulta muy divertido, aunque no encajen, en realidad, los acontecimientos que derivan de esas paradojas. Pero eso es lo menos importante: en este tipo de narrativa hay que buscar la esencia de la satisfacción, la alegría de la lectura.

Los dos personajes protagonistas tienen una fluidez psicológica mucho más apreciable que la que nos ofrece, casi siempre, Carrados. El ambiente narrativo es totalmente crepuscular, melancólico y de suave tristeza, cualidad muy característica de nuestro gran autor. Y las aventuras son extraordinariamente amenas, casi oníricas, desasosegantes. Las descripciones de las diversas épocas y sociedades tiene matices muy eficaces: coloristas en unas ocasiones y plenas de tenebrismo en otras.

Nos encontramos, pues, ante una estupenda narración, con cierta crítica al totalitarismo, al control de los individuos a través de la tecnología, que pertenece a una de las temáticas preferidas de nuestro autor: los viajes en el tiempo. En este aspecto temático, me atrevería a considera esta obra como la de mayor entidad de Carrados (y de Glenn Parrish) de todas las de la colección “La conquista del espacio”. Su exuberante imaginación, su naturaleza de un auténtico ensueño, su pausada, aunque con múltiples giros, acción, su compleja y kafkiana trama, su tono de agradable melancolía y su capacidad de atrapar y maravillar al lector lo atestiguan.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 4.

Luis Ángel Lobato