“Largo viaje hacia la nada” de Curtis Garland

Largo viaje hacia la nada; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Ed. Bruguera, 1974. Colección: La Conquista del Espacio; nº 201.

  • Materias: Mundo posnuclear – Refugios nucleares – Hibernación – Especies radioactivas telepáticas – Viaje espacial.

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Esta narración, es, sin duda, una de las mayores aportaciones de Garland a la colección LCDE, de la que solo daré unas pinceladas sueltas de su argumento para no destruir el factor sorpresa a los lectores que no hayan tenido aún la oportunidad de leerla.

Tras doscientos veinte años hibernado en un refugio nuclear, blindado y oculto, de una época futura, un hombre despierta y, durante siete años, pasa el tiempo en la mayor soledad dentro de ese refugio, esperando que las radiaciones de la ya lejana guerra desaparezcan para, al fin, poder salir de nuevo al exterior, a lo que él cree que será un planeta Tierra totalmente devastado y con mínimas posibilidades de que otros humanos hayan sobrevivido en algún otro habitáculo escondido. Pero todo cambia cuando los indicadores detectan que una forma de vida inteligente ha penetrado en su refugio inexpugnable.

Después, ya en el mundo exterior, Zero –así se hace llamar nuestro héroe– comprueba que nuevos seres terribles han evolucionado en ese mundo que fue radioactivo y que la estructura geológica de la Tierra ha sufrido convulsiones y le es totalmente extraña. El océano ha inundado las ciudades –comprueba cómo su ciudad, Nueva York, permanece sumergida– y nuevas tierras (islas) conforman la faz del planeta.

Y ya en una isla, junto a una de las especies supervivientes semejante a la suya, aparece un nuevo conflicto: una nave estelar terrestre, que partió siglos atrás, antes de la catástrofe bélica, hacia otro sistema estelar, ha retornado a la Tierra, pilotada por una mujer. Y esta mujer se halla ahora en peligro frente a las feroces criaturas radioactivas y con poderes telepáticos que habitan en el océano.

Narrada en primera persona, con personajes portadores de evolución psicológica y con acertados pasajes meditativos, la novela tiene una primera parte de inmensa calidad, mostrándonos las reflexiones del personaje principal en la soledad del refugio nuclear.

También adquiere alta categoría el suspense que produce en el lector la llegada al refugio del ser del exterior ante el estupor y el desasosiego del protagonista, creyendo que se trata de una entidad belicosa. Y, ante todo, el tenso y largo viaje submarino de esos dos personajes, en una pequeña nave, entre las ruinas sumergidas de lo que fue la ciudad de Nueva York.

Y todo rematado con una estupenda parte final, con la llegada de la nave sideral terrestre desde otro sistema planetario y el rescate de la astronauta de la superficie del mar, acosada por las feroces criaturas posnucleares.

En conclusión, una obra cumbre tanto en estilo literario como en la trama que no dejará indiferente a ningún amante de la ciencia ficción ni de la literatura en general, sea en bolsilibro o en cualquier otro formato.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 5.

Luis Ángel Lobato Valdés

“La invasión de los hielos” de H. S. Thels

La invasión de los hielos; por H. S. Thels [Enrique Sánchez Pascual]; ilustración de la portada, Cha’bril. Barcelona: Toray, 1955. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 3.

Reediciones:

  • Barcelona: Toray, 1970. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 485.
  • Pinto (Madrid): Andina, 1977. Colección: Galaxia 2001; nº 79.

Materias: política ficción – catástrofes mundiales – avances tecnológicos

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Es moneda común en el mundo del bolsilibro que los escritores hagan uso de cierta variedad de seudónimos. En unas ocasiones, es para ocultar su fertilidad; en otras, porque parece que determinados nombres tienen mejor sonoridad para ciertos géneros. Un poco de ambas cosas sucedía con Enrique Sánchez Pascual (1918-1996); para escribir literatura bélica eligió el rimbombante alias germánico de Karl von Vereiter. Otros de sus seudónimos fueron Alan Comet, Alan Star, Alex Simmons, H. S. Thels, Herman Tellgon, Law Space, Lionel Sheridan y W. Sampas.

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El de H. S. Thels lo eligió sobre todo para escribir ciencia ficción, pero también redactó algún policial con él. La invasión de los hielos apareció por primera vez en 1955, y algunos estudiosos especulan que pudiera ser lo primero que publicó. Leerla hoy día, desde luego, resulta sorprendente, y tiene un tono muy distinto a la posterior ciencia ficción en bolsilibro, más “casera”, digamos. Esta novela, por el contrario, es más ambiciosa de lo normal -y más larga-. No ofrece alienígenas, ni exploraciones espaciales, ni tremendos avances científicos. Se ambienta en el por aquel entonces tampoco muy lejano año 1980, en el que sigue manteniéndose la Guerra Fría entre los ejes occidental y oriental, y de hecho arranca con el cese de ese precario equilibrio para entrar en acción.

Quizás inspirado por la denominación de “Guerra Fría”, precisamente eso es lo que se desata, con los soviéticos elaborando un plan científico con el cual los hielos invaden toda Europa, devastándola. Solo los Estados Unidos de América parecen capaces de hacer frente a este peligro para la humanidad.

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El protagonismo de la historia es coral, aunque hay algunos personajes que destacan más a lo largo de la narración. Y el tono es bastante variado. El arranque me recuerda al de los thrillers políticos de John Frankenheimer, y mientras lo leía me lo imaginaba al estilo visual de estos: en blanco y negro y con unos encuadres elaboradísimos. A continuación el tono catastrófico hace pensar en las películas de Roland Emmerich o, para ser más precisos, en la ci-fi de catástrofes de los cincuenta, pongamos por caso Cuando los mundos chocan. La parte final es puro cine bélico, y podríamos pensar en las cintas de la Segunda Guerra Mundial coetáneas, como las que pudiera dirigir Raoul Walsh.

Lo que más destaca de esta emocionante narración, a día de hoy, es el tono panfletario, con todo, que lo hace casi caricaturesco por momentos. Así, los dirigentes soviéticos son descritos como gordos, feos, que se hurgan los dientes mientras se reúnen, o con rostros que expresan la más pura maldad; el pueblo ruso, por su parte, es descrito tristón y desesperado. Por su parte, los norteamericanos son gallardos, viriles, inteligentes y patrióticos; en este último sentido hay un momento sumamente heroico hacia el final, que de todas maneras está desarrollado con una intensidad y fuerza encomiables, y demuestra cómo la ficción puede tener tanta potencia como instrumento discursivo.

Me hace mucha gracia un elemento que también destaca Alberto Sánchez en la reseña publicada en su estupendo blog La memoria del bolsilibro, y es cómo el autor refleja la imagen del dictador soviético, cuando en su propio país tenía un ejemplo bastante pertinaz al respecto. Dado que Sánchez Pascual abandonó España tras el triunfo de los golpistas y, una vez de regreso a nuestro país, sufrió prisión, cabría pensar que en realidad estaba realizando una mascarada sutil para comparar ambos dictadores. Por cierto que cuando se menciona nuestro país en la novela, también anegado por los hielos, no utiliza nunca la palabra “España”, sino la más ambigua de “Península Ibérica”.

Un libro entretenido, correcto y de cierta solvencia estructural, que conviene leer, y disfrutar, sin tomarse demasiado en serio su carga política.

Carlos Díaz Maroto

“Leyenda sin tiempo”, de Curtis Garland

Leyenda sin tiempo; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la portada, Agencia Norma. Barcelona: Editorial Ceres, septiembre 1980. Colección: Héroes del Espacio; nº 20.

  • Materia: ucronías – invasores – viajes temporales.

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El lector que se enfrente a esta novela pensará automáticamente en una película, muy popular en su época: Edicto siglo XXI: prohibido tener hijos (Z.P.G.,  1972), de Michael Campus, de título bastante explícito. Sin embargo, el parecido de la presente novela es más cercano a un telefilm de esa misma época: El día que requisaron los niños (The Last Child, 1971), de John Llewelyn Moxey. En este “Estrenos TV”, en una sociedad futura está prohibido tener hijos, pero una pareja viola esa ley; juntos habrán de huir para localizar un sitio mejor.

Leyenda sin tiempo tiene el mismo punto de partida, pero con un añadido: a la pareja se les une en esa huida un extraterrestre. El motivo de esto es que el futuro hijo de ellos viajará al espacio, llegará al planeta donde habita el alienígena, y será causante, involuntario o no, de la muerte de la amada de éste. Viaja en el espacio y en el tiempo, cual Terminator, para vengar esa futura muerte, pero viendo que el causante aún no ha nacido escoltará a ambos hasta el momento de nacer el niño para, entonces, consumar su venganza.

Se trata de una novela simpática y de grata lectura, pero no de lo mejor de Curtis Garland. A una trama algo “ligerita” y que recurre en exceso al deus ex machina se le suma un enorme hándicap, como supone que el arranque de la trama ocupe un tercio de la novela, una conversación interminable entre la pareja y el extraterrestre, llena de divagaciones. Y eso que, con la estructura que tiene la historia, hubiera sido muy fácil “rellenar” por medio de meter incidencias en el camino del trío hacia su destino.

Eso sí, el final es muy romántico y poético, y alcanza unas cotas de lirismo realmente encomiables. Al fin y al cabo, un Garland no puede ser negativo. Tenía demasiado oficio para ello.

Carlos Díaz Maroto

“Un amor casi eterno”, de Kelltom McIntire

Un amor casi eterno, por Kelltom McIntire [José León Domínguez Martínez]; ilustración de la cubierta, Luis Almazán. Barcelona: Editorial Bruguera, octubre 1984. Colección: Héroes del Espacio; nº 217.

Materias: hibernación – civilizaciones extraterrestres

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Kelltom McIntire, el seudónimo más habitual de José León Domínguez Martínez (1937-2009), es un escritor que, por lo general, no suele ser citado entre los grandes autores de bolsilibros, al lado de Curtis Garland, Lou Carrigan o Silver Kane, por ejemplo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que merece figurar en esa nómina de escogidos entre lo más selecto de los escritores de literatura popular española. Su estilo literario es más trabajado de la norma -al igual que el de los citados-, compone historias interesantes y les otorga una impronta un tanto diferente que lo aleja de las composiciones más convencionales.

Un amor casi eterno es un buen ejemplo de lo que refiero. Publicada en 1984 dentro de la colección de ciencia ficción “Héroes del Espacio”, se trata de una obra totalmente atípica. Lo primero que hay que decir es que, tal como lo presagia el título, se trata, ante todo, de una historia de amor. Casi ha de leerse la mitad de la novela hasta que, al fin, comienzan a aparecer elementos de ciencia ficción. Hasta entonces, es un drama humano: un millonario se encuentra ante la atroz circunstancia de que su amada esposa se está muriendo de una rara enfermedad, y con todo su dinero nada puede hacer. En esa situación, se nos cuentan sus cuitas mientras el proceso se hace irreversible.

Lo que en otro escritor podría suponer relleno para alcanzar la extensión requerida, por parte de McIntire es un retrato psicológico de un hombre desesperado, que busca por todos los medios que lo irreversible no se produzca. Sintomática es su charla con su chófer, Boy, que no vuelve a aparecer en el resto de la historia, y que representa el intento de una persona de comunicar su desesperación a otra.

En esa circunstancia, el protagonista decide criogenizar a su esposa, una vez muerta, para luego ser despertada cuando esa enfermedad incurable puede ser ya curada. Aquí se produce uno de tantos errores que suelen aplicarse a la temática de la criogenización. Puede que llegue un tiempo futuro en el cual existan sistemas de devolver la vida a una persona que haya sido sometida a ese proceso, pero lo que no se puede hacer es resucitar a una persona ya muerta. El proceso de criogenización debiera producirse cuando el individuo está aún con vida. Pero es un error muy extendido, que se produce infinidad de veces, tanto en literatura como en cine o en la vida cotidiana.

Prosigamos con la novela, pues. Nuestro héroe no solo procede a ello con su esposa, sino que se somete igualmente a ese proceso, una vez muerto él mismo. Así, ambos podrán “resucitar” en un futuro lejano unidos para siempre. A partir de ahí, los elementos de ciencia ficción van surgiendo, y tampoco me iré extendiendo demasiado sobre ello, para que el futuro lector se enfrente “virgen” a todo ello. Solo referir que la trama es sencilla, directa, bonita, y que semeja más una novela de anticipación escrita veinte años atrás, lo cual es referenciado no de un modo peyorativo, sino en el aspecto de recreación literaria que se daba en aquellos tiempos. Es también esta parte la más convencional, no por ello desdeñable, y que a partir de ese instante se convierte en una novela de aventuras muy entretenida.

Volveremos sobre Kelltom McIntire, no lo dudéis.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Túnel en el Sistema Solar”, de Clark Carrados

Túnel en el Sistema Solar; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; ilustración de la portada, Antonio Bernal. Barcelona: Ed. Ceres, marzo 1981. Colección: Héroes del Espacio; nº 48.

  • Materias: agujeros negros – megalómanos.

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Un asteroide esta ocupado por dos hombres que lo están horadando en busca de oro. Ese es el atractivo arranque de esta novela, que presenta a unos protagonistas atípicos y un tono algo diferente al de los bolsilibros, que presagia un tono menos estereotipado. Lamentablemente, todo se precipita en cuanto cambia de escenario y aparece “la chica”, y el tono superficial característico de la literatura de Clark Carrados hace aparición. La chica, por cierto, es una agente secreta del gobierno terráqueo, infiltrada entre malvados, pero su comportamiento parece más propio de la típica ingenua de comedia norteamericana de los cuarenta o cincuenta, digamos al estilo de Judy Holliday.

Pese a ello, no es esto de lo peor de Carrados y, una vez te acostumbras y aceptas las convenciones, es incluso disfrutable. Escrita en 1981, el tono, sin embargo, es más propio de la literatura pulp norteamericana de los años cuarenta y, aceptada desde esa perspectiva, es bastante aceptable.

Todo varía de tono cuando el asteroide en el cual se hallan nuestros dos héroes y la chica es absorbido por un agujero espacial, que los traslada a otra parte del universo, y una vez allí llegan a un planeta habitable, pero regido por un dictador al estilo Ming procedente de la Tierra, y que desapareció cinco años atrás. A partir de ahí, el lector puede adivinar sin error lo que acontecerá, y todo ello se desarrolla de un modo formulario. Sin embargo, los personajes resultan, en cierto sentido, atractivos, y se siente interés por lo que acontezca con ellos, pese a que el desarrollo psicológico, como es norma, resulta nulo.

A destacar cómo el megalómano, líder de una secta religiosa en la Tierra, crea una dictadura benévola, donde los esclavos trabajan sin esforzarse mucho, y la comida es de lo más opípara y suculenta. Sin embargo, de vez en cuando se lleva a alguna chica a sus aposentos, y a los disidentes los liquida por medio de un soplete de napalm.

Entretenimiento menor pero simpático. Se deja leer.

Carlos Díaz Maroto

 

 

“Cámara de los horrores”, de Curtis Garland

Cámara de los horrores; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Manfred Sommer. Barcelona: Ed. Bruguera, 1973. Colección: Selección Terror; nº 20.

  • Materias: crímenes – horror victoriano – brujería – automatismo.

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Curtis Garland gustaba inspirarse en los mitos clásicos del terror, haciendo uso para ello de las creaciones literarias y cinematográficas. En esta ocasión, su fuente de inspiración, por encima de todas, es la película Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), de André De Toth, aunque por debajo el buen aficionado detectará otras influencias, igualmente notables.

Así pues, aquí tenemos una serie de crímenes perpetrados alrededor de un museo de cera, cuyo propietario, un francés -sin duda, en alusión al célebre y auténtico museo de cera de Madame Tussaud-, ejecuta excelsas figuras. Tenemos un reparto coral, así, amén del referido, tiene un socio, una modelo que posa para él, y prometida al socio, un inspector de policía, que investiga el caso, y el héroe de la novela, un periodista amigo tanto del detective como del socio. Es curioso cómo Garland, en este tipo de historias, siempre hacía aparecer a la policía, pero no la convertía en protagonista, sino que siempre había un detective aficionado, en general periodista, que hacía frente a todo.

Como siempre en Garland, la creación de atmósferas es algo muy importante para él. Tanto, en este caso, que descuida algo en lo que suele ser un maestro, la ambientación, de tal manera que la novela se halla salpicada de fallos anacrónicos. La historia se ambienta en 1890; sin embargo, hace alusión a personajes que no son de esa época: Drácula no se publicó hasta 1897; entre las figuras están también Frankenstein y el hombre lobo luchando, cuando esa iconografía no se establecería hasta 1943 con la película de la Universal dirigida por Roy William Neill; también tenemos una momia llena de vendajes y resucitada, elemento inherente al film de 1932 de Karl Freund; de igual modo se menciona al célebre asesino de viudas Landrú, que no actuó hasta la Primera Guerra Mundial; y el héroe hace uso de la palabra “robot”, que no nació hasta 1921, en que el escritor Karel Capek la empleó en su obra R.U.R. con las connotaciones aquí empleadas. Da la impresión de que Garland se olvidara, por momentos, la época en la cual había ambientado la narración.

Realmente, tampoco eso tiene mucha importancia. Lo que importa aquí, como se dice, es la atmósfera, el ambiente, el tono que se consigue. Como siempre, los personajes resultan atractivos y están bien perfilados, y los diálogos estén en especial bien desarrollados, transmitiendo credibilidad. Esta novela es de las primeras de la colección (el nº 20); más adelante, Gallardo Muñoz volvería a emplear premisas similares en otras de sus novelas. Casualmente, algunas de esas novelas posteriores ya las he leído -sus reseñas están ya publicadas en este blog, reto, pues, al lector a ver si las puede localizar sin pista alguna-, por lo cual la resolución del misterio se hace fácil para el lector si conoce esas otras obras. Otro mal menor, y que en realidad podría achacarse a las posteriores, no a la presente.

Tenemos, pues, una atractiva novela de misterio, fantasía y horror, que mezcla distintas temáticas con habilidad, dando lugar a otra de las consistentes narraciones que Gallardo Muñoz desarrolló para esta mítica colección.

Carlos Díaz Maroto

“Fuente de vida y muerte”, de Glenn Parrish

Fuente de vida y muerte; por Glenn Parrish [Luis García Lecha]; autor de la ilustración de portada: Alberto Pujolar. Barcelona: Editorial Bruguera, julio 1975. Colección: La Conquista del Espacio; nº 258.

  • Materias: Viajes espaciales – Planetas hostiles – Aventuras – Conspiraciones.

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Entretenida narración donde un cosmonauta viaja, para cumplir una condena, a un planeta en busca de una sustancia asombrosa, “Tridium”, pero, una vez conseguida, significará su propia muerte por el alto poder radioactivo. En su peregrinar por el planeta Swótari, nuestro héroe, Egon Durrell, en compañía de la nativa Issya comprenderá que ha sido víctima de una traición. Y, como es natural, tratará de remedirlo.

A destacar la primera parte de la novela, ambientada en la zona polar del planeta, en la que los protagonistas –sin evolución psicológica, como es la costumbre en el autor, y por la reducida extensión del argumento– deberán atravesar, subidos en un amplio trineo, lo que creen un mar congelado, pero lentamente se va convirtiendo en un inmenso río.

También es preciso mencionar la colorista descripción –y lo que allí sucede– de un interminable bosque plagado de enormes plantas carnívoras que los dos héroes han de atravesar hasta descubrir la ubicación de ese prodigioso mineral, “Tridium”, capaz de otorgar la vida y la muerte a los que lo alcanzan.

Por otro lado, la trama es muy vistosa y amena, con una magnífica –ya lo he insinuado– variedad geográfica: hielos perpetuos, bosques tenebrosos, ríos inconmensurables… Pero también ciudades y otros ambientes urbanos futuristas.

La novela contiene todos los ingredientes usuales del autor cuando firma como Glenn Parrish: ritmo pausado, mezcla, casi sin transición, de géneros, exotismo, variedad de espacios narrativos, componentes irracionales y hasta absurdos… Y es curioso; cuando Luis García Lecha firma como Clark Carrados –ya lo he mencionado en alguna otra ocasión– suele escribir tramas con ritmo también pausado, pero con contenidos más racionales, más específicos de ciencia ficción, y con –como es natural– menos elementos de fantasía.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 3.

Luis Ángel Lobato