“Sangre bajo la luna”, de Lem Ryan

Sangre bajo la luna, por Lem Ryan [Francisco Javier Miguel Gómez]; ilustración de cubierta, Lozano. Editorial Bruguera: Barcelona, 1984. Colección: Selección Terror; n.º 587.

  • Género – materias: terror – licantropía – literatura noir

 

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Con una extrema juventud, solo diecisiete años, Lem Ryan fue la última incorporación al plantel de profesionales de la pluma que alimentaban la factoría de bolsilibros de la Editorial Bruguera. Al contrario que muchos escritores de generaciones anteriores, que saltaban de género según las necesidades del mercado y se lanzaban a redactar aventuras espaciales sin haber leído de ciencia ficción otra cosa que un puñado de novelas de Verne o visto más películas que el puñado de producciones de serie B que llegaban a nuestras pantallas, Lem Ryan tenía una marcada predilección por el fantástico —Ángel Torres Quesada (A. Thorkent) sería otro ejemplo de autor vocacional—. Incluso, cuando requerimientos editoriales le impusieron pergeñar una narración del oeste, supo apañárselas para convertirla en una historia de vampiros. Había crecido con filmes del género que se convirtieron en éxitos de taquilla en la década de los setenta y primeros años ochenta, y había devorado cuanta literatura fantástica cayó en sus manos, poblando sus futuras historias de referentes —Lovecraft y Robert E. Howard son palmarios en muchos de sus títulos— de los que carecían algunos de sus colegas.

 Sangre bajo la luna fue su única contribución a la colección Selección Terror, aunque elementos sobrenaturales podemos encontrar en otras de sus novelas escritas para Héroes del Espacio, en clave de fantasía heroica, y fusionó horror y ciencia ficción en diversos títulos de esa misma cabecera. Nos encontramos aquí con un ex policía convertido en detective privado, Roerich —¿Homenaje el pintor citado por Lovecraft en En las montañas de la locura?—, que sigue los cánones establecidos en la ficción con sus problemas económicos, un pasado de conflictos con sus superiores, durmiendo en un despacho atestado y enamorando a una despampanante secretaria, entre otras beldades. Un obeso millonario, Ashton —¿Por Clark Ashton Smith?—, le encarga la búsqueda de su hija desaparecida —¿Chinatown?—. Paralelamente, un lobo está convirtiendo los oscuros callejones de Nueva York en un matadero, durante incursiones nocturnas cuya verdadera naturaleza las autoridades se esfuerzan por ocultar.

Como puede imaginarse, estamos ante una novela sobre el tema de la licantropía, cuando todavía estaban muy recientes en la memoria tres títulos referenciales que reinterpretaban el mito bajo una óptica moderna: Lobos humanos, Aullidos y Un hombre lobo americano en Londres, todas ellas de 1981. El licántropo de Lem Ryan está lejos del antropoide piloso fijado en las películas clásicas de la Universal. De un modo más acorde con las leyendas, con Lobos humanos y con las pocas manifestaciones literarias, estamos ante un humano que adopta forma animal, más inteligente, feroz e implacable sin dejar de ser un cánido, y que ya no es el alma solitaria condenada por un maldición, sino orgullosa de su naturaleza y parte de una manada que actúa en conjunto.

Con una prosa sobrecargada de adjetivos, algo frecuente en los escritores debutantes, se esfuerza por crear atmósfera, intento que en bastantes momentos consigue, pese a algunos excesos, entendiendo muy bien que el escalofrío no depende tanto del qué se cuenta sino del cómo se cuenta, que envolver al lector en un clima adecuado es fundamental para la eficacia de la narración fantástica. La trama, aunque acaba por desembocar en cauces previsibles, se sigue con interés e incluso intriga, alejando al lector de un consumo rutinario. Merece subrayar su final desesperanzado, nada común en un tipo de literatura proclive a los happy ends. Acaso llama la atención puntualmente un cierto tono conservador, más fácil de observar en escritores de la vieja guardia. En un autor tan joven parece extraño leer frases como la siguiente, describiendo a unos moteros que acabarán masacrados: «No formaban parte de esa juventud envidiable que busca la sana diversión y la alegría de vivir pese a las adversidades, sino más bien la escoria en que se ceban los males de una sociedad corrompida, el lado oscuro de un espejo que siempre tenemos delante». Por lo que nos cuenta la novela, no han cometido mayor pecado que practicar el amor libre y consumir drogas. Supondremos, entonces, otras maldades fuera de escena o el influjo de directrices editoriales, porque si esto lo hubiera redactado un escritor en los días de gloria de José María Pemán habría sonado más acorde.

De cualquier modo, son breves notas disonantes en una composición bastante acertada, que podría haberse mejorado sin la aceleración narrativa obligatoria en el formato. Se echa en falta, por ejemplo, un mayor desarrollo en algunas situaciones, como la entrevista entre el millonario y el detective al inicio, o algunas escenas de transición que convirtieran en menos fortuitos o caprichosos ciertos acontecimientos. Noventa páginas de pequeño tamaño imponen tiranías; pero tal concisión también forma parte del encanto del bolsilibro.

Fue una lástima que la debacle de la Editorial Bruguera, arrastrando consigo al mercado de la novela para el quiosco, cercenase demasiado pronto una carrera que se adivinaba prometedora. Se trataba de un autor de talento, con personalidad propia e identificable, lleno de ambición y deseos de hacer bien su trabajo, que podría haber llegado a producir muchos títulos memorables. Algunos de los publicados ya lo son, de hecho, al arrancarse de los moldes más frecuentes y atreverse a explorar caminos diferentes a los que otros escritores de la casa frecuentaban. Más de veinte años tardaría Lem Ryan en regresar a las letras; pero estaba ya en un mundo editorial muy diferente y su obra habría de sufrir una inevitable transformación.

Armando Boix

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“Peregrinos del tiempo” de Clark Carrados

Peregrinos del tiempo; por Clark Carrados [Luis García Lecha[; autor de la portada, Jorge Núñez. Barcelona: Editorial Bruguera, 1974. Colección: La Conquista del Espacio; nº 208.

  • Materias: Viajes en el tiempo – Civilizaciones en el pasado y en el futuro – Investigación.

Portada

Estamos en el planeta Tierra, en el siglo XXV, donde tras una catástrofe planetaria –El Segundo Diluvio– ocurrida trescientos años atrás, la población mundial solo asciende a veinte millones de personas. La civilización se ha recuperado y es altamente tecnológica, permitiendo los viajes en el tiempo. El Gran Consejo del Tiempo es quien mantiene el control de estos desplazamientos temporales para evitar fatales cronoclismos. Pero existe un grave problema: la sociedad está inmersa en una dictadura política y todos los habitantes de la Tierra son obligados a someterse al Control de Pensamiento Individual.

En este escenario social, el policía temporal, perteneciente a la Cronopol, capitán Kiddon 40, viaja a la Prehistoria en un cronomóvil en busca de la prófuga y revolucionaria Úrsula 108, que se ha negado a que controlen su mente y ha escapado de su siglo con el fin de ser libre.

Una vez capturada por Kiddon, Úrsula, de nuevo en el siglo XXV, y por intercesión del policía, es condenada a una pena muy leve: vivir bajo arresto domiciliario y en continua vigilancia del implacable Kiddon 40. Pero todo cambia cuando Úrsula va convenciendo al capitán de la Cronopol que los gobernantes son unos tiranos que se saltan sus propias leyes y que han de conseguir restituir un régimen político humanitario.

De aquí en adelante, la pareja emprenderá la peligrosa misión de viajar al pasado –perseguidos por sicarios gubernamentales– para eliminar al inventor de los cronomóviles antes de que construya el primer modelo –acontecimiento, al parecer, transcendental para la aparición de esa injusta sociedad del siglo XXV– y deshacer los acontecimientos de la Historia. Y surge, entonces, una serie de sucesos que los enviarán a un remotísimo pasado, en el que una supercivilización, de origen desconocido, es aniquilada por un ciclópeo maremoto, a ser perseguidos por asesinos en el siglo XXII y a tener que casarse, inesperadamente, con personas no adecuadas, creando extrañas paradojas temporales.

Como se puede vislumbrar, el argumento de esta magnífica novela es complejísimo. El hilo narrativo, lleno de inverosímiles paradojas temporales, resulta muy divertido, aunque no encajen, en realidad, los acontecimientos que derivan de esas paradojas. Pero eso es lo menos importante: en este tipo de narrativa hay que buscar la esencia de la satisfacción, la alegría de la lectura.

Los dos personajes protagonistas tienen una fluidez psicológica mucho más apreciable que la que nos ofrece, casi siempre, Carrados. El ambiente narrativo es totalmente crepuscular, melancólico y de suave tristeza, cualidad muy característica de nuestro gran autor. Y las aventuras son extraordinariamente amenas, casi oníricas, desasosegantes. Las descripciones de las diversas épocas y sociedades tiene matices muy eficaces: coloristas en unas ocasiones y plenas de tenebrismo en otras.

Nos encontramos, pues, ante una estupenda narración, con cierta crítica al totalitarismo, al control de los individuos a través de la tecnología, que pertenece a una de las temáticas preferidas de nuestro autor: los viajes en el tiempo. En este aspecto temático, me atrevería a considera esta obra como la de mayor entidad de Carrados (y de Glenn Parrish) de todas las de la colección “La conquista del espacio”. Su exuberante imaginación, su naturaleza de un auténtico ensueño, su pausada, aunque con múltiples giros, acción, su compleja y kafkiana trama, su tono de agradable melancolía y su capacidad de atrapar y maravillar al lector lo atestiguan.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 4.

Luis Ángel Lobato

 

“La muerta que vivió seis veces”, de Silver Kane

La muerta que vivió seis veces; por Silver Kane [Francisco González Ledesma]; ilustración de la cubierta, Ángel Badía Camps. Barcelona: Editorial Bruguera, 1973. Colección: Selección Terror; nº 1.

  • Materia: misterio.

Hace poco, con motivo de la publicación de un comentario sobre la novela Un solo ataúd de Silver Kane, comentaba: “La colección «Punto Rojo» de Bruguera resultó bastante ecléctica, dentro de lo que los anglosajones llaman «crime novel», y nosotros, de forma un tanto constrictora, «novela policial», reduciendo nominalmente el concepto a historias solo protagonizadas por policías. De este modo, la colección incluía tramas de policías, de gánsteres, de crímenes, de detectives… y, en algunas ocasiones, de suspense, misterio o hasta terror. Sospecho que Bruguera, hasta la aparición de la colección «Selección Terror», en 1973, tuvo la manga un poco ancha en «Punto Rojo», aceptando historias que bordearan la temática, mientras no incursionaran en la temática sobrenatural (la palabra ‘vampiro’ se repite bastante a lo largo de la colección, sin que en realidad apareciera ninguno a lo largo de esta, que yo sepa).”

Precisamente el nº 1 de «Selección Terror» arranca con una novela de Silver Kane, y se adecua de muchas maneras a lo que, en tiempos, fue la colección «Punto Rojo». La narración comienza con el abandono de prisión de Clemens, acusado de matar a su esposa, aunque el cadáver nunca apareció. Ha logrado salir por buena conducta, y ahora decidirá derruir las paredes de su casa, literalmente, para hallar algún rastro de la mujer. Al mismo tiempo, el entonces torpe abogado que no logró librarlo de la prisión, Martens, comienza a investigar por su cuenta, ayudado por la buenorra de su secretaria, Marta Louvier…

Así, González Ledesma construye una historia que, en su base, es una narración criminal, con dos focos de indagación al mismo tiempo investigando un misterio. A ello se uno una tercera vía narrativa, la más “misteriosa”, la de esa mujer que, paulatinamente, va siendo asesinada por un encapuchado (y cuya identidad pronto resulta evidente). Esta vía narrativa es la que el lector puede sospechar que pueda tener algún componente sobrenatural, y la que, por supuesto, acabará confluyendo en las otras dos, solucionándose la confabulación.

El autor de La hija del vampiro (1968; «Punto Rojo» 337) ambienta la historia en París, como tantas otras de sus obras, y le otorga un tono de intriga policial muy al tono del que podrían tener las obras de autores de aquella nacionalidad como Boileau-Narcejac, por poner un ejemplo, quienes tocaron el género de una forma “pura” o impregnándolo de elementos sobrenaturales o paracientíficos. O también las películas del también galo Georges Franju, que participan de igual enfoque. Solo que, en lo que a estructura se refiere, La muerta que vivió seis veces es una historia policial con una sub-trama que podría ser fantástica.

González Ledesma narra con su característico estilo, utilizando para los momentos de tensión las frases cortas separadas de una en una por punto y aparte. Ello conduce a que la referida tensión se pierda, y la atmósfera no funcione. De todas maneras, pronto queda ante el lector expuesto el artificio sobre el cual pivota toda la historia. Y se da la curiosa característica, habitual en el autor por otro lado, de un acentuado machismo cada vez que aparece una mujer (despampanante siempre). La trama es una especie de vampirización de una película de alguien citado más arriba; no la desvelaré, porque todo se derrumbaría de cara a quien quiera leerlo por vez primera, aunque resulta un tanto evidente.

El resultado es una obra pobretona, pero que al menos resulta curiosa por la peculiar estructura con la cual está enfocada. Algo es algo.

Carlos Díaz Maroto

 

“Reyes del espacio”, de Clark Carrados

Reyes del espacio; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; autoría de la ilustración: Antonio Bernal. Barcelona: Editorial Bruguera, 1975. Colección: “La Conquista del Espacio”; nº 238.

  • Materias: Viajes espaciales – Planetas extraños – Intrigas políticas – Investigación.

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Estupenda narración de Clark Carrados en clave de space opera: mundos extraños, fauna delirante, viajes estelares, intrigas políticas y sosegadas aventuras se dan cita en esta magnífica y entretenida novela, una de las mejores de su autor en la colección LCDE.

Kevor Caidin, quien ha pasado su aventurera juventud en otro sistema estelar, en el conjunto planetario de Nuevo Saturno y sus Cinco Satélites, ayudando a su nuevo rey e íntimo amigo Sthuvros en sus tareas pacificadoras, ha regresado a la Tierra.

Diez años después, Kevor Caidin, en su mansión terrestre, recibe la visita de la joven Perla Uttis para contratarlo como piloto de una nave que la traslade, precisamente, a Nuevo Saturno en busca de una herencia materna rodeada de misteriosas coincidencias. Al mismo tiempo, Caidin, a través de un medallón que une instantáneamente sus sentimientos con los de su amigo Sthuvros, comprueba que este ha muerto. Y de nuevo nuestro protagonista, con la bella Perla Uttis, emprende el retorno hacia el planeta donde transcurrió su juventud y así desvelar lo sucedido al rey Sthuvros y aclarar los enigmas que rodean a la oscura herencia de su compañera de viaje. Pero hay conspiradores que no desean que lleguen a buen puerto y convertirán el viaje que se realiza a través de sucesivos saltos por el hiperespacio en una auténtica pesadilla, así como su posterior estancia en el sistema planetario de Nuevo Saturno y sus Cinco Satélites.

La narración, con el tono intimista, melancólico, nostálgico y crepuscular propio de su autor, incide abiertamente en los sentidos y en los sentimientos, ofreciéndonos pasajes magistrales en los satélites de Nuevo Saturno, con una fauna y flora alucinante (osos gigantes, árboles carnívoros, ciénagas insondables), o entre los anillos laberínticos del planeta, formados por asteroides de hielo y roca en los que se abren tenebrosas cavernas y mortíferos precipicios.

Estamos, pues, ante una novela –eso sí; todos los personajes son de una sola pieza y sin apenas evolución psicológica (es, casi siempre, lo normal en nuestro autor)– que, aunque sigue las temáticas distintivas de García Lecha, como son los viajes siderales con sus azarosos sucesos, la acción siempre comedida, las conspiraciones políticas interestelares, la investigación y los imprevistos toques de tipo surrealista o del absurdo, ofrece algo más de lo que se espera: se nos lanza, con inteligencia, una espléndida carga sensorial y de suave tristeza, con descripciones coloristas cercanas al impresionismo, que envuelve una trama divertida, emocionante y muy bien contada.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 4.

 

Luis Ángel Lobato

“Ataúd para ti”, de Donald Curtis

Ataúd para ti; por Donald Curtis [Juan Gallardo Muñoz]. Madrid: Editorial Rollán, 1965. Colección: FBI; nº 757.

Reediciones:

  • Pinto (Madrid): Editorial Rollán, 1972. Colección: FBI; nº 528.
  • Pinto (Madrid): Editorial Andina, 1987. Colección: Bolsilibros Easa – FBI selecciones policiacas; nº 427.

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Pese a que gran cantidad de fans del bolsilibro admiran a Juan Gallardo Muñoz, aka Curtis Garland, por sus aportaciones a los géneros del terror y la ciencia ficción, bien es cierto que también fue un contumaz cultivador de otras temáticas, como es el Oeste y la literatura criminal. Dentro de la vasta variedad de esta última, y también con el seudónimo de Donald Curtis -que es el caso que nos ocupa-, efectuó muy sólidas obras, que podrían equipararse al buen cine de serie B que se cultivó en los Estados Unidos en las décadas de los cuarenta y cincuenta.

Ataúd para ti es una buena muestra de ello, una narración plena de intriga y emoción acerca de una pareja de delincuentes, denominados «Romeo y Julieta Smith», que aprovechan el invierno y la soledad de determinados parajes para efectuar sus asaltos, y que sin el menor recato riegan de sangre cuando es preciso. Un agente del FBI se pondrá al frente del caso.

Curtis aprovecha la acción en invierno para crear una atmósfera gélida, muy bien retratada, que se transmite al comportamiento de esa pareja desalmada. La trama es sencilla y directa, si bien cabe destacar que la identidad de los atracadores se adivina con facilidad por dos motivos. Uno, porque Gallardo hace uso de una plantilla argumental que ya ha empleado en otros momentos, y en estas mismas páginas ya se mencionó este hecho. Y dos, por la honestidad del escritor, de no engañar al lector, y que pone a este sobre aviso, dejando claro un elemento hacia la mitad de la narración.

Y un elemento sorpresa, que no puedo evitar mencionar, es que, siendo una obra escrita en 1965, se muestra de modo explícito una pareja lesbiana, aunque es tratada de un modo condenatorio. No sé si ello sería a causa de una convicción propia del autor, o se veía impulsado por la censura para mostrar esta relación como de lo más abyecto.

Un elemento más, a nivel anecdótico, representa la aparición de un personaje apellidado Garland. ¿Sería a partir de esta novela que Gallardo se fijó en tal nombre, le gustó, y lo adaptó como seudónimo?

Carlos Díaz Maroto

“El cerebro” de Clark Carrados

El cerebro; por Clark Carrados [Luis García Lecha]; ilustración de la cubierta, Cha’Bril. Barcelona: Toray, 1954. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 2.

  • Reedición: Toray, 1971. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 526.

 

  • Género – materia: ciencia ficción – exploración espacial – inteligencia artificial – sociedades extraterrestres

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Una nave terrestre debe aterrizar con urgencia en un planeta, para una reparación. Una vez solventada esta se aperciben de que, para poder despegar, deben aligerar peso dejando a un astronauta en el lugar durante tres meses, hasta la llegada de una nave de rescate. El protagonista se ofrece a ello, y cuando la nave asciende estalla en mil fragmentos. Nuestro héroe quedará solo, condenado, cuando se acaben los suministros, a morir de inanición. Pero al poco llega una nave extraterrestre con tres tripulantes muy peculiares –uno de ellos habla como un gánster, y los otros dos como personajes del Renacimiento–, que le invitan a acompañarles a su planeta. Pero en el camino los habitantes de otro se disputarán la posesión del terráqueo…

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El autor

La presente es una de las primeras novelas escritas por Clark Carrados, esto es, Luis García Lecha (1919-2005), correspondiendo al número 2 de la primitiva colección de ficción científica «Espacio – El mundo futuro». El estilo del autor ya está presente, pero aún no depurado. Utiliza largos párrafos, muy largos, a tal punto que, en muchas ocasiones, se pierde, y la construcción gramatical de las frases deja mucho que desear, y uno ha de imaginarse lo que quiere decir antes que entenderlo en realidad. Después, Lecha iría mejorando su estilo, haciendo descripciones más breves y más precisas, aunque sus tramas seguirían inmersas en la simplicidad.

Aquí, todo ese largo preámbulo que he precisado detallar para meter en situación al lector, realmente no es necesario para la historia, y semeja puro relleno para que la novela alcance la extensión solicitada. La trama en realidad se centra en esos dos planetas referidos al final, más o menos gemelos y con culturas similares, a tal punto que ambas son regidas por un gran cerebro artificial y despótico, y con una reina como segundona. Por supuesto que el protagonista es tan apuesto y machista que hará que ambas reinas caigan rendidas a sus pies. Por cierto que en un momento determinado, una de las reinas aparece armada y dispuesta a la lucha, acompañada de su séquito, lo cual hace pensar sin lugar a dudas en la princesa Leia. Además, las batallas espaciales recuerdan poderosamente a las que, más tarde, aparecerán en la franquicia Star Trek.

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El librillo es rutinario, cambia de tono constantemente, y lo mejor es cuando el cerebro de uno de los planetas se desvela como un megalómano despreciable, y se detalla como está constituido. Todo el clímax final está muy traído por los pelos, y parece una improvisación al no saber el autor muy bien cómo acabar la historia. Aunque, si nos fijamos bien, el esqueleto dramático de la historia es una versión muy libre de El mago de Oz. Con todo, si no se es muy exigente, puede suponer un sencillo divertimento.

Carlos Díaz Maroto

“Un solo ataúd”, de Silver Kane

Un solo ataúd, por Silver Kane [Francisco González Ledesma]. Barcelona: Editorial Bruguera, 1962. Colección: Punto Rojo; nº 1.

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Percy ha muerto. Magda iba a casarse con él, y ahora cree verle aún, y conversa  con él. Tiempo atrás estuvo ingresada en una clínica mental por sufrir alucinaciones. Ahora entra a trabajar en un colegio como profesora de francés…

La colección «Punto Rojo» de Bruguera resultó bastante ecléctica, dentro de lo que los anglosajones llaman «crime novel», y nosotros, de forma un tanto constrictora, «novela policial», reduciendo nominalmente el concepto a historias solo protagonizadas por policías. De este modo, la colección incluía tramas de policías, de gánsteres, de crímenes, de detectives… y, en algunas ocasiones, de suspense, misterio o hasta terror. Sospecho que Bruguera, hasta la aparición de la colección «Selección Terror», en 1973, tuvo la manga un poco ancha en «Punto Rojo», aceptando historias que bordearan la temática, mientras no incursionaran en la temática sobrenatural (la palabra “vampiro” se repite bastante a lo largo de la colección, sin que en realidad apareciera ninguno a lo largo de esta, que yo sepa).

Un solo ataúd, de Silver Kane, podría asemejarse a las películas de terror que realizó la Hammer a mediados de los sesenta, mezclando un poco a Alfred Hitchcock con Henri-Georges Clouzot. Películas como El alucinante mundo de los Ashby (Paranoiac, 1963) o El abismo del miedo (Nightmare, 1964), ambas de Freddie Francis, serían comparables en tono y forma a lo que exhibe esta novela, obra del autor de Crónica sentimental en rojo. El tono lóbrego del colegio al que va a guarecerse, más que a trabajar, Magda, es un poco como el de Las diabólicas (Diabolique, 1955), precisamente de Clouzot.

González Ledesma comete algunas ingenuidades, como que la protagonista, norteamericana, vaya a dar lecciones de francés a un colegio donde ya tienen como profesora a una francesa auténtica -que se ocupa de enseñar otras lenguas-. Y en un momento determinado dice que “las gaviotas croaron”, no sé si como error, o como una figura literaria que no acaba de cuajar. Y tenemos un médico cuyo lenguaje profesional suelta una burradas que dejan apabullado.

Dentro de ese tono de suspense bordeando el terror tenemos al héroe protagonista, que parece más propio del género negro, aunque sea marino. Y el final de la obra hace que esta transite, siquiera un breve instante, por los meandros del espionaje. Digamos que este sería el macguffin de la historia. Y como clímax final tenemos un elemento directamente copiado de una película fundamental de un director citado más arriba.

En cuanto la heroína empieza a tener visiones uno comienza a sospechar, y de inmediato viene a la mente un clásico del cine criminal, que también tiene una novela que se escribió simultáneamente al film, aunque mucha gente piense que la película es adaptación del libro (soy así de abstracto para no desvelar un detalle crucial de la trama). Y, de hecho, lo que se sospecha se confirma. Hay también un detalle, cuando solo faltan diez páginas de libro, en donde la protagonista empieza a contar cosas que trastocan por completo el enfoque de la historia. Dado que el autor llevaba a la chica como punto focal de la narración, y nosotros íbamos de su mano, no puede sino considerarse una trampa poco honesta para con el lector.

El resultado es una cosita entretenida pero poco consistente, y que, en todo caso, ofrece una guía a posteriores autores para saber las temáticas por las que la colección podría circular a partir de entonces.

Carlos Díaz Maroto