Listado de «La conquista del espacio» de Bruguera, actualizado

Hace unas semanas un lector -lamento no recordar quién fue- me sugirió una manera de mejorar la página: aprovechar los listados de colecciones publicados y poner link a los títulos reseñados. Dicho y hecho: aquí tenéis la primera de esas labores. El listado correspondiente a la colección «La conquista del espacio» de editorial Bruguera ahora ofrece links en todos los títulos con reseña (si pincháis en el propio título de la colección, aquí arriba, seréis remitidos a ella). Y a medida que publique nuevos, ese link se añadirá a la lista. Próximamente lo iré haciendo con otras colecciones, lo cual iré anunciando en cada momento. Espero que os guste esa novedad.

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“La bella durmiente del espacio” de Ralph Barby

La bella durmiente del espacio; por Ralph Barby [Rafael Barberán Domínguez]; autor de la ilustración: Jorge Núñez. Barcelona: Editorial Bruguera, 1973. Colección “La Conquista del Espacio”; nº 164.

  • Materias: Viajes espaciales – Hibernación – Sociedades alienígenas – Telepatía.

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Magnífica novela de Ralph Barby donde, con el estilo literario característico de su autor, vigoroso y pleno de dinamismo, se nos narra la historia de un astronauta terrestre que despierta de la hibernación en su astronave, ya en los límites del Sistema Solar, y es apresado por una especie alienígena, los sideriumenitas, que lo trasladan, desintegrándolo, a su planeta, para que despierte de su hibernación a otra cosmonauta de la Tierra, que llegó un siglo antes a ese mundo, para convertirla en un terrorífica entidad que engendre seres de la especie extraterrestre médicamente alterados y poder perpetuar así esa escalofriante sociedad.

Destaca, como en otras ocasiones, la recreación que hace Barby de los individuos de la especie alienígena: telépatas, mitad insectos y mitad mamíferos, con enormes ojos sin párpados y una boca en continua agitación para alimentarse de la turbia atmósfera, causa por la que no se han expandido por el espacio, teniendo que utilizar naves automáticas y que, tras una aparente actitud pacífica, esconden una aterradora realidad: crear híbridos entre humanos y sideriumenitas que no necesiten alimentarse de esa atmósfera y lograr salir con naves ya tripuladas a conquistar los planetas de la galaxia.

También merece una mención la descripción el planeta Siderium, con esa densa y opresiva atmósfera para los terrestres, con una superficie apenas habitada a causa de una pasada catástrofe y sin movimiento de rotación, lo que provoca dos zonas planetarias diferenciadas, la cálida y la polar (por ellas emprenden la huida nuestros dos protagonistas), y que guarda en su interior, altamente tecnológico, una intrincada red de vías, avenidas, laboratorios y diversos habitáculos donde residen, sin necesidad de salir al exterior, sus habitantes.

Una narración, en fin, llena de intriga y de aventura, que causará deleite en todos aquellos lectores que gusten de la buena ciencia ficción bolsilibresca. Para disfrutarla.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 4.

Luis Ángel Lobato Valdés

“Invasión invisible”, de Lou Carrigan

Invasión invisible; por Lou Carrigan [Antonio Vera Ramírez]; ilustración de la cubierta, Salvador Fabá. Barcelona: Ed. Bruguera, diciembre 1984. Colección: Héroes del espacio; nº 225.

  • Reedición: Barcelona: Ed. B, 1994. Colección: La conquista del espacio; nº 54.

 

  • Materias: invasiones

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Lou Carrigan es el seudónimo más popular de Antonio Vera Ramírez, quien también firmó como Milton Hamilton y Wilson Stonewall. Como Carrigan firmó muchas excelentes muestras del Oeste y policíacas, aportando a ambos géneros auténticas joyas. En este último, además, a veces hacía uso de un sentido del humor chispeante y fresco, que no trivializaba el resultado, sino que le aportaba una ligereza atractiva -véase su saga de Baby-.

Justo es reconocer que, dentro de los géneros del terror y la ciencia ficción no aportó obras tan válidas. En el primero de los citados, sus mejores títulos son aquellos que carecen de elementos fantásticos, y pueden encuadrarse más bien en la categoría del terror psicológico, o suspense. En cuanto a la ciencia ficción, en ocasiones, como es el caso que nos ocupa, también añade ese humor antes citado, sin bien en esta ocasión los resultados no son tan sólidos.

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Invasión invisible comienza de un modo muy atractivo, casi como un episodio de Twilight Zone. Un avión procedente de Londres va con destino a Nueva York, pero cuando está a punto de llegar, tripulación y pasajeros descubren que la ciudad parece haber desaparecido. Luego resulta que no, no ha desaparecido, sino que está por completo a oscuras. Simultáneamente a esto se nos presenta al protagonista, un inteligente asesor de Unicef en asuntos para la infancia, de nacionalidad mexicana (quizás el único protagonista hispano de un bolsilibro de ciencia ficción), y que está intentando ligarse a una guapa y joven viuda millonaria que viaja en el mismo avión.

A partir de ahí se nos narran de forma paralela las dos historias, esto es, el misterio que rodea ese apagón, y en el que están implicados unos invasores invisibles, y el del guapo chicano y sus amores con la jovencita. Esos amoríos adquieren un tinte, sí, ligero, y toda la historia se tiñe de esa ligereza. De hecho, la trama de ciencia ficción es muy sencilla y, llegado un punto, adquiere un tono de desbarre que hace perder el norte por completo a la narración, llenándola además de incoherencias.

El resultado es uno de los peores bolsilibros de Lou Carrigan, pero, desde luego, no aburre, y es sumamente divertido. Pero viniendo de quien viene se espera uno algo más sólido.

Carlos Díaz Maroto

“Largo viaje hacia la nada” de Curtis Garland

Largo viaje hacia la nada; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la cubierta, Alberto Pujolar. Barcelona: Ed. Bruguera, 1974. Colección: La Conquista del Espacio; nº 201.

  • Materias: Mundo posnuclear – Refugios nucleares – Hibernación – Especies radioactivas telepáticas – Viaje espacial.

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Esta narración, es, sin duda, una de las mayores aportaciones de Garland a la colección LCDE, de la que solo daré unas pinceladas sueltas de su argumento para no destruir el factor sorpresa a los lectores que no hayan tenido aún la oportunidad de leerla.

Tras doscientos veinte años hibernado en un refugio nuclear, blindado y oculto, de una época futura, un hombre despierta y, durante siete años, pasa el tiempo en la mayor soledad dentro de ese refugio, esperando que las radiaciones de la ya lejana guerra desaparezcan para, al fin, poder salir de nuevo al exterior, a lo que él cree que será un planeta Tierra totalmente devastado y con mínimas posibilidades de que otros humanos hayan sobrevivido en algún otro habitáculo escondido. Pero todo cambia cuando los indicadores detectan que una forma de vida inteligente ha penetrado en su refugio inexpugnable.

Después, ya en el mundo exterior, Zero –así se hace llamar nuestro héroe– comprueba que nuevos seres terribles han evolucionado en ese mundo que fue radioactivo y que la estructura geológica de la Tierra ha sufrido convulsiones y le es totalmente extraña. El océano ha inundado las ciudades –comprueba cómo su ciudad, Nueva York, permanece sumergida– y nuevas tierras (islas) conforman la faz del planeta.

Y ya en una isla, junto a una de las especies supervivientes semejante a la suya, aparece un nuevo conflicto: una nave estelar terrestre, que partió siglos atrás, antes de la catástrofe bélica, hacia otro sistema estelar, ha retornado a la Tierra, pilotada por una mujer. Y esta mujer se halla ahora en peligro frente a las feroces criaturas radioactivas y con poderes telepáticos que habitan en el océano.

Narrada en primera persona, con personajes portadores de evolución psicológica y con acertados pasajes meditativos, la novela tiene una primera parte de inmensa calidad, mostrándonos las reflexiones del personaje principal en la soledad del refugio nuclear.

También adquiere alta categoría el suspense que produce en el lector la llegada al refugio del ser del exterior ante el estupor y el desasosiego del protagonista, creyendo que se trata de una entidad belicosa. Y, ante todo, el tenso y largo viaje submarino de esos dos personajes, en una pequeña nave, entre las ruinas sumergidas de lo que fue la ciudad de Nueva York.

Y todo rematado con una estupenda parte final, con la llegada de la nave sideral terrestre desde otro sistema planetario y el rescate de la astronauta de la superficie del mar, acosada por las feroces criaturas posnucleares.

En conclusión, una obra cumbre tanto en estilo literario como en la trama que no dejará indiferente a ningún amante de la ciencia ficción ni de la literatura en general, sea en bolsilibro o en cualquier otro formato.

En mi calificación del 1 al 5 la puntúo con un 5.

Luis Ángel Lobato Valdés

“La invasión de los hielos” de H. S. Thels

La invasión de los hielos; por H. S. Thels [Enrique Sánchez Pascual]; ilustración de la portada, Cha’bril. Barcelona: Toray, 1955. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 3.

Reediciones:

  • Barcelona: Toray, 1970. Colección: Espacio – El mundo futuro; nº 485.
  • Pinto (Madrid): Andina, 1977. Colección: Galaxia 2001; nº 79.

Materias: política ficción – catástrofes mundiales – avances tecnológicos

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Es moneda común en el mundo del bolsilibro que los escritores hagan uso de cierta variedad de seudónimos. En unas ocasiones, es para ocultar su fertilidad; en otras, porque parece que determinados nombres tienen mejor sonoridad para ciertos géneros. Un poco de ambas cosas sucedía con Enrique Sánchez Pascual (1918-1996); para escribir literatura bélica eligió el rimbombante alias germánico de Karl von Vereiter. Otros de sus seudónimos fueron Alan Comet, Alan Star, Alex Simmons, H. S. Thels, Herman Tellgon, Law Space, Lionel Sheridan y W. Sampas.

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El de H. S. Thels lo eligió sobre todo para escribir ciencia ficción, pero también redactó algún policial con él. La invasión de los hielos apareció por primera vez en 1955, y algunos estudiosos especulan que pudiera ser lo primero que publicó. Leerla hoy día, desde luego, resulta sorprendente, y tiene un tono muy distinto a la posterior ciencia ficción en bolsilibro, más “casera”, digamos. Esta novela, por el contrario, es más ambiciosa de lo normal -y más larga-. No ofrece alienígenas, ni exploraciones espaciales, ni tremendos avances científicos. Se ambienta en el por aquel entonces tampoco muy lejano año 1980, en el que sigue manteniéndose la Guerra Fría entre los ejes occidental y oriental, y de hecho arranca con el cese de ese precario equilibrio para entrar en acción.

Quizás inspirado por la denominación de “Guerra Fría”, precisamente eso es lo que se desata, con los soviéticos elaborando un plan científico con el cual los hielos invaden toda Europa, devastándola. Solo los Estados Unidos de América parecen capaces de hacer frente a este peligro para la humanidad.

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El protagonismo de la historia es coral, aunque hay algunos personajes que destacan más a lo largo de la narración. Y el tono es bastante variado. El arranque me recuerda al de los thrillers políticos de John Frankenheimer, y mientras lo leía me lo imaginaba al estilo visual de estos: en blanco y negro y con unos encuadres elaboradísimos. A continuación el tono catastrófico hace pensar en las películas de Roland Emmerich o, para ser más precisos, en la ci-fi de catástrofes de los cincuenta, pongamos por caso Cuando los mundos chocan. La parte final es puro cine bélico, y podríamos pensar en las cintas de la Segunda Guerra Mundial coetáneas, como las que pudiera dirigir Raoul Walsh.

Lo que más destaca de esta emocionante narración, a día de hoy, es el tono panfletario, con todo, que lo hace casi caricaturesco por momentos. Así, los dirigentes soviéticos son descritos como gordos, feos, que se hurgan los dientes mientras se reúnen, o con rostros que expresan la más pura maldad; el pueblo ruso, por su parte, es descrito tristón y desesperado. Por su parte, los norteamericanos son gallardos, viriles, inteligentes y patrióticos; en este último sentido hay un momento sumamente heroico hacia el final, que de todas maneras está desarrollado con una intensidad y fuerza encomiables, y demuestra cómo la ficción puede tener tanta potencia como instrumento discursivo.

Me hace mucha gracia un elemento que también destaca Alberto Sánchez en la reseña publicada en su estupendo blog La memoria del bolsilibro, y es cómo el autor refleja la imagen del dictador soviético, cuando en su propio país tenía un ejemplo bastante pertinaz al respecto. Dado que Sánchez Pascual abandonó España tras el triunfo de los golpistas y, una vez de regreso a nuestro país, sufrió prisión, cabría pensar que en realidad estaba realizando una mascarada sutil para comparar ambos dictadores. Por cierto que cuando se menciona nuestro país en la novela, también anegado por los hielos, no utiliza nunca la palabra “España”, sino la más ambigua de “Península Ibérica”.

Un libro entretenido, correcto y de cierta solvencia estructural, que conviene leer, y disfrutar, sin tomarse demasiado en serio su carga política.

Carlos Díaz Maroto

“Leyenda sin tiempo”, de Curtis Garland

Leyenda sin tiempo; por Curtis Garland [Juan Gallardo Muñoz]; ilustración de la portada, Agencia Norma. Barcelona: Editorial Ceres, septiembre 1980. Colección: Héroes del Espacio; nº 20.

  • Materia: ucronías – invasores – viajes temporales.

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El lector que se enfrente a esta novela pensará automáticamente en una película, muy popular en su época: Edicto siglo XXI: prohibido tener hijos (Z.P.G.,  1972), de Michael Campus, de título bastante explícito. Sin embargo, el parecido de la presente novela es más cercano a un telefilm de esa misma época: El día que requisaron los niños (The Last Child, 1971), de John Llewelyn Moxey. En este “Estrenos TV”, en una sociedad futura está prohibido tener hijos, pero una pareja viola esa ley; juntos habrán de huir para localizar un sitio mejor.

Leyenda sin tiempo tiene el mismo punto de partida, pero con un añadido: a la pareja se les une en esa huida un extraterrestre. El motivo de esto es que el futuro hijo de ellos viajará al espacio, llegará al planeta donde habita el alienígena, y será causante, involuntario o no, de la muerte de la amada de éste. Viaja en el espacio y en el tiempo, cual Terminator, para vengar esa futura muerte, pero viendo que el causante aún no ha nacido escoltará a ambos hasta el momento de nacer el niño para, entonces, consumar su venganza.

Se trata de una novela simpática y de grata lectura, pero no de lo mejor de Curtis Garland. A una trama algo “ligerita” y que recurre en exceso al deus ex machina se le suma un enorme hándicap, como supone que el arranque de la trama ocupe un tercio de la novela, una conversación interminable entre la pareja y el extraterrestre, llena de divagaciones. Y eso que, con la estructura que tiene la historia, hubiera sido muy fácil “rellenar” por medio de meter incidencias en el camino del trío hacia su destino.

Eso sí, el final es muy romántico y poético, y alcanza unas cotas de lirismo realmente encomiables. Al fin y al cabo, un Garland no puede ser negativo. Tenía demasiado oficio para ello.

Carlos Díaz Maroto

“Un amor casi eterno”, de Kelltom McIntire

Un amor casi eterno, por Kelltom McIntire [José León Domínguez Martínez]; ilustración de la cubierta, Luis Almazán. Barcelona: Editorial Bruguera, octubre 1984. Colección: Héroes del Espacio; nº 217.

Materias: hibernación – civilizaciones extraterrestres

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Kelltom McIntire, el seudónimo más habitual de José León Domínguez Martínez (1937-2009), es un escritor que, por lo general, no suele ser citado entre los grandes autores de bolsilibros, al lado de Curtis Garland, Lou Carrigan o Silver Kane, por ejemplo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que merece figurar en esa nómina de escogidos entre lo más selecto de los escritores de literatura popular española. Su estilo literario es más trabajado de la norma -al igual que el de los citados-, compone historias interesantes y les otorga una impronta un tanto diferente que lo aleja de las composiciones más convencionales.

Un amor casi eterno es un buen ejemplo de lo que refiero. Publicada en 1984 dentro de la colección de ciencia ficción “Héroes del Espacio”, se trata de una obra totalmente atípica. Lo primero que hay que decir es que, tal como lo presagia el título, se trata, ante todo, de una historia de amor. Casi ha de leerse la mitad de la novela hasta que, al fin, comienzan a aparecer elementos de ciencia ficción. Hasta entonces, es un drama humano: un millonario se encuentra ante la atroz circunstancia de que su amada esposa se está muriendo de una rara enfermedad, y con todo su dinero nada puede hacer. En esa situación, se nos cuentan sus cuitas mientras el proceso se hace irreversible.

Lo que en otro escritor podría suponer relleno para alcanzar la extensión requerida, por parte de McIntire es un retrato psicológico de un hombre desesperado, que busca por todos los medios que lo irreversible no se produzca. Sintomática es su charla con su chófer, Boy, que no vuelve a aparecer en el resto de la historia, y que representa el intento de una persona de comunicar su desesperación a otra.

En esa circunstancia, el protagonista decide criogenizar a su esposa, una vez muerta, para luego ser despertada cuando esa enfermedad incurable puede ser ya curada. Aquí se produce uno de tantos errores que suelen aplicarse a la temática de la criogenización. Puede que llegue un tiempo futuro en el cual existan sistemas de devolver la vida a una persona que haya sido sometida a ese proceso, pero lo que no se puede hacer es resucitar a una persona ya muerta. El proceso de criogenización debiera producirse cuando el individuo está aún con vida. Pero es un error muy extendido, que se produce infinidad de veces, tanto en literatura como en cine o en la vida cotidiana.

Prosigamos con la novela, pues. Nuestro héroe no solo procede a ello con su esposa, sino que se somete igualmente a ese proceso, una vez muerto él mismo. Así, ambos podrán “resucitar” en un futuro lejano unidos para siempre. A partir de ahí, los elementos de ciencia ficción van surgiendo, y tampoco me iré extendiendo demasiado sobre ello, para que el futuro lector se enfrente “virgen” a todo ello. Solo referir que la trama es sencilla, directa, bonita, y que semeja más una novela de anticipación escrita veinte años atrás, lo cual es referenciado no de un modo peyorativo, sino en el aspecto de recreación literaria que se daba en aquellos tiempos. Es también esta parte la más convencional, no por ello desdeñable, y que a partir de ese instante se convierte en una novela de aventuras muy entretenida.

Volveremos sobre Kelltom McIntire, no lo dudéis.

Carlos Díaz Maroto